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Feb 10, 2024

Un fantástico Vinicius, los goles de Bellingham y la solidaridad para defender sin centrales reafirman el liderato de los de Ancelotti.

El inglés se fue lesionado en un tobillo.

El Girona, flojo en ataque, invisible en defensa.

Vaya por delante que el Girona merece el reconocimiento mundial y que aún puede ser campeón.

También que fueron ocurrentes aquella lona abrigando una fachada de la capital recordando que el currículum no lo es todo y la campaña de su patrocinador advirtiendo que hay estadios que tienen techo y equipos que no.

Pero ni el grupo milagro ni el márketing pudieron con un Madrid descomunal que tiene 35 ligas por algo, calidad, oficio y pegada, virtudes casi teologales en el fútbol.

Las tres se concentraron en Vinicius, presente en los cuatro goles, y Bellingham, jueces supremos del partido, bien acompañados por el buen desempeño general y la capacidad colectiva para disimular una defensa en paños menores.

 Sortear cualquier imprevisto también está en la tradición blanca.

Fue un Madrid superior, convencido de que era el día para dejar fuera de duda su autoridad frente a un Girona que tuvo mejor gusto con la pelota que remate, la llave de los títulos.

“Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Junto a ese lema, genialidad de Di Stéfano, que le dejó al club más de 300 goles y una filosofía de vida, esperaba el Madrid en el túnel de vestuarios el comienzo del partido.

Una verdad ocasionalmente refutable.

Porque mientras el Girona presumía de equipo, Vinicius presumía de sí mismo.

 A los cinco minutos agarró un balón en zona neutra, dio media docena de pasos hacia dentro y mandó un disparo de curvatura perfecta desde fuera del área que se fue al nido de Gazzaniga.

 Y cerca del descanso se le ocurrió un pase de exterior a Bellingham que el inglés, con la templanza de un goleador, convirtió en el 2-0, tras adelantarse a Eric García y sortear a Gazzaniga.

Por un momento, un jugador había sido mejor que todos juntos.

Vinicius abrió así la cuenta blanca.

Vinicius abrió así la cuenta blanca.

Hasta el 1-0 y después, la pelota había sido mayoritariamente del Girona. 

A estas alturas, con todo por ganar (y casi todo ganado), Michel entendió que ya era tarde para acobardarse: perdió por sanción a un mediocentro (Yangel Herrera), pudo meter un central más (Arnau) y acabó tirando de un mediapunta (Portu).

Fue un once de ahora o nunca, un llevar la hazaña hasta el extremo. Quién sabe si este tren volverá a pasar por Girona.

Pero la alineación fue una cosa y la realidad otra bien diferente. La toma de posesión del Bernabéu fue más formal que efectiva, porque ni Tsygankov ni Savinho fueron tan descarados como de costumbre ni a Dovbyk le llegó nada aprovechable.

Defensa solidaria

Por voluntad ajena, por decisión propia o por exceso de oficio, el Madrid decidió esperar y correr, una de sus mil formas de ganar. Y, además, minimizó que la derrota le cayera del cielo.

Bellingham hace el 2-0.

Bellingham hace el 2-0.

Por enfermería, por racanería y por cabezonería,

 El Madrid se vio en el día D de esta Liga sin ninguno de sus cuatro centrales.

 Sobre el papel, un corredor hacia el paredón frente al mejor cabeceador de la Liga, Dovbyk, cinco goles de esta guisa, y los dos laterales más ofensivos del campeonato, Yan Couto y Miguel Gutiérrez, grandes productores de envíos al área.

Enfrente, Carvajal, un lateral con 120 minutos de experiencia como central, y Tchouameni, un mediocentro que solo había jugado en el eje de la zaga tres partidos, todos en el Madrid, todos en esta temporada y, curiosamente, todos culminados con victoria y la portería a cero. 

El Girona se fue sin un remate a puerta. Y es que la emergencia sacó la versión más solidaria del equipo.

Valverde y Vinicius colaboraron en sellar las bandas y Camavinga empleó sus tres pulmones para apropiarse del partido. 

Hace tiempo que el Madrid no tiene un futbolista con su despliegue, su omnipresencia y su atrevimiento.

Ese amor a primera vista con el Bernabéu se consolida.

Ese buen ojo del club para ficharle engorda.

Su media naranja en el centro del campo fue Bellingham, otro futbolista de amplísimo espectro.

Volvió a marcar, aunque no lo necesita para justificarse.

En su estación seca tuvo la misma luminosidad que cuando se le caían los goles.

Lo cierto es que el Madrid se fue al descanso con dos tantos, media docena de ocasiones y ni un solo agobio para su remendadísima defensa.

El tobillo de Bellingham

El Girona salió más activo en ataque tras el descanso, pero para entonces ya se le había llevado la corriente Vinicius, que decidió echar el telón al partido con otras de esas jugadas que solo están en su imaginación. 

Limpió a Yan Couto, la víctima de la tarde, con una pisadita y un toque hacia fuera, disparo raso sin demasiado ángulo, rechazó la pelota Gazzaniga y Bellingham, que pasaba por ahí, que casi siempre pasa por ahí, empujó la pelota a la red.

Lo hizo con la izquierda, cojo, con un esguince en ese tobillo producto de un pisotón de Pablo Torre.

Esa es su temporada: marca de cualquier manera y en cualquier estado.

Bellingham marcó el tercer gol así.

Bellingham marcó el tercer gol así.

Ahí acabó la fiesta para él, pero no para Vinicius, principio y fin del equipo. Con un robo, que no está en su catálogo, lanzó a Rodrygo y este aplicó esprint y derechazo para elevar la victoria a goleada. A partir de ahí los dos equipos fueron a otra cosa.

Ancelotti retiró a los que necesitará el martes en Leipzig; Michel, a los que deben seguir peleando al menos por la Champions en otros campos; y Joselu se despidió fallando un penalti cometido sobre Arda Güler. Queda Liga, pero el Madrid va sacando rivales de la mesa.

Y el Girona ya sabe que el currículum no lo es todo, pero está ahí por algo.

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