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Jun 12, 2021

El centro hospitalario de Fuerteventura aloja a ocho personas con alta médica, alguna desde hace más de un año.

Hay personas que se pasan meses y hasta años en la habitación o en el pasillo de un hospital sin poder ver la luz del día a pesar de tener el alta médica. Cada vez son más quienes se ven en esta situación cuando llegan a la vejez por no contar con una red familiar que los acoja; porque su familia no puede hacerse cargo de ellos o, simplemente, porque han decidido abandonarlos. En esta situación se encuentran ocho pacientes en el Hospital de Fuerteventura. Algunos llevan un año largo viviendo en el centro sanitario.

Esta realidad supone un trastoque para ellos, pero también para los profesionales y el sistema sanitario y más en islas como Fuerteventura, que arrastra una carencia de camas hospitalarias que ha obligado, incluso en ocasiones, a ubicarlos en el área de Urgencias.

El hospital de Fuerteventura lleva años conviviendo con esta realidad. En 2015 la noticia llegó a la prensa nacional. El periódico ABC publicaba una información en la que aseguraba que un hombre llevaba viviendo en el hospital majorero siete años a pesar de haber recibido el alta en marzo de 2008. En los últimos años, el tiempo de las estancias ha disminuido. Sin embargo, sigue habiendo personas residiendo en el centro sanitario.

A finales de marzo, el número de “ingresos sociales” era de, al menos, diez, repartidos entre Urgencias, Medicina Interna y Cirugía, aunque ha habido derivaciones a la residencia de Casillas del Ángel e, incluso, a centros de Lanzarote. En estos momentos, el hospital acoge a ocho personas. A estas personas se las ha etiquetado con el término distocia social.

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La trabajadora social sanitaria del hospital de Fuerteventura, Lole Fabelo, rehúye de usar esta expresión y aclara que, “si hablamos de humanizar la asistencia, tenemos que empezar a hablar de que son personas o pacientes en situación de alta con dificultad social. Cuando se habla de distocia, etiquetamos y olvidamos que detrás hay una realidad”.

El perfil es el de personas que son abandonadas o carecen de una red familiar

en la Isla

Esta realidad es cada vez más común en los hospitales públicos canarios. Se trata, señala Lole Fabelo, de personas que, una vez se ha resuelto su proceso de salud agudo, se encuentran con “la imposibilidad de retornar a su domicilio habitual o con que no se les pueden garantizar los cuidados que requieren en su domicilio”.

Y ello se debe, continúa explicando, a que carecen del apoyo familiar, de una red que esté pendiente de ellos o de respaldo económico para garantizarlo, “personas solas porque hay una claudicación en su ámbito cercano, en quien proveía esos cuidados, o porque se produce una situación de abandono”.

Fuerteventura ha experimentado en los últimos cuarenta años un crecimiento de población importante, motivado por el traslado de personas foráneas que, en su día, llegaron a la Isla procedentes de otras comunidades para trabajar en la construcción o en el sector turístico. Con el paso del tiempo, perdieron el contacto con sus familiares y tampoco crearon una red familiar en la Isla. Al llegar a la vejez, se han visto solos. Este es uno de los perfiles más comunes de las personas que acaban viviendo en el hospital de la Isla.

“En ocasiones, nos encontramos con personas a las que la soledad les ha generado un consumo de alcohol continuado y adicciones asociadas que hacen que el proceso degenerativo sea mayor”, explica la trabajadora social sanitaria del hospital majorero.

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Junto a ellos hay otros perfiles como el de extranjeros, sobre todo alemanes e ingleses, que eligieron en su día la Isla para vivir, que han ido envejeciendo y se han convertido en dependientes sin tener una red alrededor que les cuide.

Lole Fabelo también apunta a situaciones de claudicación familiar. Se trata de familias con una persona dependiente a su cargo que, en un momento determinado, “dicen hasta aquí llegué”. “Son pacientes demenciales que requieren una vigilancia las 24 horas o situaciones en las que el cuidador principal es su mujer, de similar edad, y llega un momento en el que no puede más”, señala.

Esta profesional asegura que en las claudicaciones “muchas veces hay un componente social anterior. Hablamos de cuidadores que están ejerciendo el cuidado de personas que, en su momento, no previeron los cuidados como debían o no fueron padres ejemplares”.

“Claudicar es ‘llegué hasta aquí y no puedo más’. Detrás hay un agotamiento que se valora y en el que nosotros intentamos buscar soluciones. Se comprende a la persona que se sienta y te cuenta que está agotada, pero ayuda a buscar alternativas. Luego, nos encontramos con los casos de abandono, cuando utilizan los recursos económicos y no facilitan una alternativa residencial”, explica.

Es común que cuando se hable de esta realidad en los hospitales canarios se ponga el foco en la falta de plazas en las residencias canarias a las que derivar a estos pacientes. En el caso de Fuerteventura, solo existe una residencia sociosanitaria en Casillas del Ángel, con 60 plazas, y una residencia para personas discapacitadas, en Puerto del Rosario. Tanto en una como en otra suele ser común la lista de espera.

Lole Fabelo insiste en que, realmente, lo que ocurre es “una falta de servicios de apoyo comunitario”. Esta profesional recuerda que hay muchas personas que quieren pasar la vejez en sus hogares y no ingresar en una residencia. “Si tuviéramos un servicio a domicilio con calidad, esa persona mayor podría estar en su casa”, subraya.

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Cuidados a domicilio

En este sentido, la trabajadora social sanitaria apuesta por promover una serie de servicios como la comida a domicilio para personas mayores, tal y como se hace en otras comunidades, y así garantizar una alimentación equilibrada; servicios de estimulación y fisioterapia a domicilio para trabajar con las personas que no salen de casa o, incluso, programas de respiro familiar para los cuidadores.

Fabelo aboga por reforzar servicios comunitarios como la atención a domicilio

Lole cree que, si la persona cuidadora se encuentra con un soporte donde se le ofrece un trabajador que “no va media hora para ayudar con el baño y limpiar la habitación, sino que apoya, orienta y facilita un trato para que la otra persona vaya a descansar o se faciliten, por ejemplo, dos turnos para que descanse el cuidador, uno por la mañana y otro por la tarde, esa persona no claudica”.

La trabajadora lanza al aire una serie de preguntas. Entre ellas por qué la alternativa tiene que ser poner a una persona en un recurso sociosanitario residencial. “Hay recursos sociosanitarios, centros de día, servicios a domicilio, atención rehabilitadora a domicilio…”.

También se pregunta por qué no se aumenta esa red de apoyo. “Hay muchas personas que no quieren estar en una residencia y es la única alternativa porque no hay una red comunitaria de apoyo social en condiciones”, sostiene. Y añade: “Pensar que el problema está en que no hay plazas residenciales es malo porque, además, deshumanizamos la atención en lo sanitario y lo social”.

En ocasiones, se viven episodios en los que los familiares dejan al paciente en el hospital como medida de presión para que se aligere su entrada en una residencia. La trabajadora social sanitaria insiste en que eso es “un grave error”.

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A su juicio, se equivoca quien piensa que “va a entrar más rápido en una residencia o que va a venir el juez y ordenar una incapacidad y un ingreso en residencia y eso no es así. De serlo, sería peligrosísimo para el sistema sanitario porque nos convertiríamos en la puerta de entrada rápida a las residencias”. E insiste en que lo que hace falta es que aquellos que vayan a entrar en una residencia “se encuentren con un procedimiento administrativo rápido”.

Vivir en pasillos

A veces, estas personas pueden llegar a pasar más de un año en una habitación de un hospital o en un pasillo cuando la estancia es en el área de Urgencias. “Se les garantizan las necesidades básicas, pero ese paciente no tiene posibilidades de dar un paseo, sino mirar por la ventana, ni le podemos ofrecer actividades rehabilitadoras, como las que se hacen en los centros residenciales o de día. Su vida se limita a pasar horas en una habitación”, lamenta.

Se tienen que bloquear camas sanitarias: cada una cuesta 669,61 euros al día

La situación también llega a los profesionales sanitarios. Lole no se cansa de resaltar el perfil humano de estos trabajadores. “Fuerteventura tiene un hospital lleno de gente muy humana que, llegado el caso, busca una tele para hacerles más agradable la estancia; en Reyes le tienen un detalle o le preparan un cartel para su cumpleaños. Eso es por la humanidad del personal, pero no es el sitio adecuado para ellos”, aclara.

Reconoce que los profesionales se encuentran “cansados y defraudados porque no ven una respuesta rápida. Hace ya cinco años que el sistema sanitario y social tenía que haber buscado un engranaje y trabajar de la mano porque este es el devenir de la sociedad. Cada vez vivimos más y somos más independientes de la familia por lo que hay que promover recursos comunitarios donde la gente esté en sus casas, en su entorno”.

Sobre la mesa también están las consecuencias que produce al sistema sanitario tener a estas personas en el Hospital. Su estancia provoca que se bloqueen camas sanitarias, cuyo coste individual es de 669,61 euros al día. Esa falta de camas se traduce en menos operaciones, más listas de espera y menos posibilidades para resolver problemas diagnósticos.

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