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Dic 17, 2020

La pandemia ha retratado la precariedad que arrastran los profesionales del sector turístico de la Isla, muchos ahora sin empleo y teniendo que acudir a los servicios sociales y ONG para pedir alimentos.

Jennifer tiene 33 años y un bebé de seis meses a su cargo. A sus otros tres hijos los ha tenido que entregar en acogida porque, según asegura, “la situación económica en Fuerteventura no me permite mantener a cuatro niños”. Desde los 18 años, ha trabajado en hoteles del sur de la Isla. La pandemia por la COVID-19 la ha dejado sin empleo y la ha arrastrado a tener que pedir comida. Primero con una caja en la puerta de su vivienda para que algún vecino le diera algo de alimentos. Y, desde hace unos meses, engrosando las colas de los usuarios que acuden a las asociaciones que reparten comida.

A finales de los sesenta, Fuerteventura decidió subirse al tren del turismo y desde entonces no ha querido o no ha podido bajarse. El destino majorero jamás pensó, cuando recorría Europa vendiéndose como la playa de Canarias y sumaba millones de turistas, que un día una pandemia estropearía las vías del ferrocarril; dejarían de venir británicos, alemanes, italianos… Y haría que su gente terminase en las colas del hambre. En Fuerteventura hay ya 14.680 parados, un 54,7 por ciento más que hace un año.

“Es muy triste tener que renunciar a tus hijos porque no tienes una casa más amplia ni dinero para poder alquilarla, porque no hay comida ni ropa ni forma de salir adelante”, dice Jennifer. En abril de 2019, cogió la baja por tener un embarazo de riesgo. Dio a luz durante el estado de alarma. Cuando quiso regresar al hotel, se encontró con que la habían pasado al paro. Cobró unos meses la prestación por desempleo. Ahora vive con la ayuda de 430 euros, la misma cantidad que paga por el alquiler de su vivienda.

La joven asegura que ha tenido que llegar a pedir un bote de leche para su hijo. “Esto es muy doloroso porque llega un día en el que pasas hambre y ya no sabes a quién recurrir. Pones un cartel con una caja en la puerta de la casa para que la gente ponga comida”, dice esta madre que se aferra a la esperanza de que para la próxima temporada empiecen a llegar, de nuevo, turistas. Entonces confía en poder lograr recursos para recuperar a sus hijos. “Eso me permitiría tener una casa más amplia, que ellos puedan dormir en casa, comprarles lo que necesiten, ya sea ropas o libros. Pero si no hay trabajo, cómo lo hacemos”, se pregunta.

“Hace unas semanas tuve que recoger a una mujer que trabajaba en turismo de la calle con sus dos hijos a los que habían desahuciado y pagarle un alquiler vacacional durante unos días hasta que pudo coger un barco e irse a la península con sus familiares. Con los 400 euros que recibía, era imposible mantenerse”. Quien lo cuenta es Peter Müller, el responsable de Sombrero del Pueblo, una organización que lleva años ayudando a los más necesitados de la zona sur de Fuerteventura.

Este alemán califica de “tremendo” lo que está ocurriendo en la zona sur, una de las más afectadas por el parón turístico, que ve no solo cómo los hoteles cierran y envían a sus trabajadores a Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) o a las colas del paro, sino también cómo los negocios asociados cuelgan el cartel de cerrado. El municipio de Pájara es el que suma más trabajadores acogidos al ERTE con 4.395 personas, según datos del Observatorio Canario de Empleo, de fecha del 31 de julio.

Durante seis semanas, su asociación ha estado ayudando a cuatro personas. Cada semana, les hacía una compra de entre 30 y 50 euros hasta que se vieron sin posibilidad alguna de seguir ayudando. Asegura que se han quedado sin dinero para poder continuar haciendo la compra a los más necesitados. “Con algo más de 300 euros en la cuenta, para nosotros es frustrante porque sabemos que hay familias que lo necesitan y nos llaman, pero no podemos”, lamenta.

Ahora echa una mano a un grupo de personas alemanas, que estaban trabajando en el turismo y se quedaron sin empleo. “Les ayudo con el idioma y a arreglar el papeleo para las ayudas”, explica. Califica de “tremendas” las colas que, de lunes a viernes, se forman delante de la Tenencia de Alcaldía de Costa Calma. “Son colas de gente pidiendo ayudas y esperando durante meses hasta que llegue una respuesta. Mientras tanto, qué come esa gente todo ese tiempo”, se pregunta Peter.

Jehny también se ha preguntado más de una vez qué comerá si la situación continúa alargándose. Llegó en 2004 a Fuerteventura procedente de Colombia.  En todos estos años, no le había faltado trabajo como cocinera en los hoteles. En diciembre, decidió parar unos meses y empezar a trabajar en una cafetería.

“En diciembre de 2019 se acabó el contrato en el hotel en el que estaba empleada. Me ofertaron trabajar en una cafetería con un horario de ocho a cuatro y los festivos libres. Así, podía disfrutar de la Navidad con la familia. Llevaba mucho sin poder pasar estas fiestas con ellos. El contrato se acababa en Semana Santa y luego podría volver al hotel. En verano, siempre hay trabajo en los hoteles. Es el boom del turismo, lo que menos iba a esperar era la pandemia”, cuenta esta mujer con tres hijos, una menor de edad.

Sin embargo, el boom del turismo se quedó en el aire. La pandemia trajo el bloqueo de fronteras, el cierre de hoteles, despidos y colas a las puertas de los servicios sociales municipales y de las organizaciones humanitarias.

Jehny pasó de ganar unos 1.400 euros a 430. “De repente, te quitan mil euros, aunque se siguen teniendo los mismos gastos”, comenta y, a continuación, empieza a enumerar desembolsos: 475 de alquiler, recibos de agua, luz, teléfono…

Llegó un día de junio en el que tuvo que coger el teléfono y marcar el número del área de los Servicios Sociales de Puerto del Rosario. La cita se la dieron para enero. Luego llegó otro día en el que tuvo que ir a las colas de Misión Cristiana Moderna en busca de alimentos. “Fui cuando ya no podía más y no me quedaba otro remedio que pedir ayuda. Al principio no iba porque pensaba que había gente que lo necesitaba más que yo, pero luego tuve que ir una vez al mes”. A veces, ha tenido que llamar antes porque la compra se acababa.

La pandemia ha obligado a modificar la dieta. Antes de que apareciera el virus, en su nevera no faltaba carne ni pescado. Ahora cuesta ver un filete de pollo. Su alimentación se basa en legumbres, pasta y atún. “Sería desagradecida si dijera que he pasado hambre, pero sí desaliento. Cuando empezó el instituto de mis hijos, me preguntaba qué iba a hacer al día siguiente para comer”.

Anke Grützediek es una de las voluntarias de La caja de la pequeña Silvia, una organización que ayuda a las familias más necesitadas del sur. Esta mujer asegura que, desde que se desencadenó la pandemia, han hecho unas 250 compras de alimentos a las familias más necesitadas. “Ayudamos a familias con niños. Son personas que están sin trabajo, sin ayudas o que son insuficientes. Directa o indirectamente todas ellas tienen que ver con el turismo y los hoteles”.

Ana es una de las personas que ha tenido que recurrir a La caja de la pequeña Silvia. Ella y su pareja trabajaban en los hoteles. Ella como camarera de piso y él de cocinero. La pareja tiene dos hijos, uno de quince años y otro de once. Cuando llegó el cero turístico él pasó a un ERTE y Ana al paro.

“Cobré diez u once días y me quedé un mes y pico sin cobrar nada hasta que llegó la paga de 430 euros. Mi pareja cobró el ERTE de 1.140. En agosto lo reincorporaron, pero solo media jornada y luego lo volvieron a mandar al ERTE. Ahí fue cuando empezó nuestro problema. No se ponían de acuerdo los de recursos humanos y las administraciones. Estuvo cuatro meses sin cobrarlo y solo subsistíamos con 430 euros”, explica.

A la desesperada, fue a los servicios sociales municipales y le ayudaron con 500 euros para alimentos. “En octubre pedí ayuda, de nuevo, y me dijeron que no porque no habían pasado los seis meses de la otra ayuda. Ahí, fue cuando me vi mal”, reconoce.

Durante este tiempo, esta familia ha ido tirando con la ayuda que ha tenido de familiares y amigos. Ana cuenta cómo su madre hacía la compra y apartaba una parte de esos alimentos para ellos: “Ahora comemos mucha legumbre y pasta y menos pescado y frescos. Mi hijo echa de menos comerse una buena ensalada. El día que se la pongo en la mesa la saborea un montón”.

La Oliva y Pájara son los dos grandes municipios turísticos de Fuerteventura. Con la crisis sanitaria también están siendo de los más castigados por el hambre. El Consistorio de Pájara tuvo que atender durante el confinamiento a 2.895 unidades familiares. En concepto de alimentos concedieron 1.156 ayudas. En el caso de La Oliva, se han entregado estos meses más de 700 ayudas de emergencia social a algo más de 1.500 familias.

El secretario general de la Federación de Servicios del sindicato UGT de Fuerteventura, Marcos Zamorano, intenta dar respuesta a lo que está pasando entre los trabajadores del turismo. “Según el convenio de hostelería, el 60 por ciento de la plantilla debe ser fija en hoteles. Esta está amparada por los ERTE. Sin embargo, hay un 40 por ciento de eventualidad que se ha visto sorprendida por la situación que ha producido la COVID. En muchos casos, la pandemia los ha cogido en un cambio de empresa, en paro o sin contrato. Esas personas no se han visto cubiertas por un ERTE y se encuentran, ahora mismo, con que no tienen prestación por desempleo”, explica.

El miembro sindical reconoce que, “aunque tengamos uno de los mejores convenios de hostelería de España, la gente vive al día. Los salarios son de 1.200 euros y si trabaja uno solo en la casa, con dos hijos, ese dinero solo da para llegar a fin de mes. Al final, te ves en esta situación y no tienes unos ahorros de los que tirar. La situación es tal que, como se queden sin cobrar un mes, no tienen para pagar agua, luz, teléfono…”. A eso se suma, “que hay trabajadores que, hoy en día, llevan tres y cuatro meses sin cobrar el ERTE”.

Jennifer, Ana, Jehny y decenas de familias más seguirán mirando al cielo esperando aviones procedentes de Europa. Mientras tanto, en las calles de Costa Calma, Morro Jable, Corralejo y Caleta de Fuste se seguirá escuchando “en Fuerteventura solo se vive de los turistas. Sin ellos, esto es la miseria”.

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