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Oct 4, 2022

La cuadra donde vivo desde hace más de siete décadas– siempre ha estado copada de niños. Dado el poco tráfico que hay, cada día, después de las cuatro de la tarde, a la vuelta de la escuela, la vetusta calle se anima con la inocencia de los juegos infantiles.

Verlos correr de un lado a otro, cantando la última canción que aprendieron de memoria, regocija.

Pero esa despreocupada alegría la ponen en peligro actitudes irresponsables, de quien, motomochila en mano para fumigar contra el mosquito Aedes aegypti, causante del peligroso dengue, tocó a la puerta de mi casa y, a rajatabla, me pidió el papelito, en el cual dejaría constancia de una importante labor que el joven trabajador no haría (algo que puede estar sucediendo en otros sitios de país).

¡Deme el papelito para ponerle la fecha! ¿La fecha de qué?, le pregunté con severidad. Si tú no me has fumigado la casa, dije mostrando mi desacuerdo (tal vez, pensaría seguir por la cuadra haciendo lo mismo).

El muchacho no replicó, entró al hogar e hizo lo encomendado, mientras yo conversé con algunos vecinos de la necesidad (por no decir decisivo deber) de realizar la fumigación como está establecida, esfuerzo que hace el país para cuidar nuestra salud.

El incidente me dio pie para preguntar a varios amigos –jóvenes y personas de la tercera edad– si conocían de la alerta sobre la peligrosidad del dengue.

Indagué si sabían de los avisos que, por distintos medios, se publican en torno a la agresividad de esa enfermedad y cuáles son sus primeros síntomas, tras los que hay que acudir al médico, sin dilación.

La mayoría respondió con un gesto de incredulidad y hubo quien dijo que el mosquito «no me entra».

Chequear la tarea de los fumigadores para comprobar si lo están haciendo bien, cumpliendo como se les pide, sobre todo tras el paso del devastador huracán Ian, es llevar a cabo una labor fundamental para erradicar una enfermedad que no da espacio a la espera ni a la indolencia, porque, entre otras desventajas, no ofrece lugar para recluirse en una sala de cuidados intensivos.

Entonces, vamos a querernos más, apreciemos la vida, para que los niños del barrio continúen jugando después de acudir a la escuela. Sería contribuir a preservar la vida.

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