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Sep 6, 2021

Fui a moler café a casa de mi amigo Jorge: personaje popular en Jatibonico, vendedor ambulante, conversador nato, de gran agilidad mental y expansiva alegría. Jorge es ciego total y cuando llegué a su casa limpiaba el piso con un trapeador. Estás dejando mentiras, le dije. Qué va, respondió, es que estoy en la primera mano.

Cuando uno visita a Jorge, se desvive por atenderte. Instala el molino, lo ajusta, y luego te dice: Échale bastantes granos. Cuando empieza a moler, le digo: Déjame hacerlo yo. Qué va, responde, usted es mi huésped y yo atiendo a las visitas. Cuando yo vaya a moler café en tu casa, le das tú a la manigueta.

Otras veces, por semejante razón, he estado en casa de Jorge. Ahora, sin embargo, la prudencia de la COVID, sumada a una clara amenaza de lluvia, nos privó de compartir una colada de café. Siempre me sobrecoge verlo manejar con destreza la cafetera sobre la hornilla al rojo vivo. ¡Te vas a quemar!, le digo estremecido desde mi asiento, y todos mis músculos están en tensión; pero él tan solo replica: Primero te quemas tú. Ya en la puerta de su casa, hasta donde me acompaña, por fin le pregunto: Ven acá, Jorge, por qué siempre te veo alegre, y nunca quejándote. Porque yo no me tengo lástima, compadre, dice.

Al llegar a mi casa, subí esta historia a Facebook, y muchos reaccionaron a ella. Uno de mis amigos, el excelente escritor avileño Otilio Carvajal, comentó: «Viendo los Paralímpicos he dejado de quejarme por cada dolorcito. Los he visto otros años, pero ahora mismo estoy conmovido por la capacidad de esos seres, a los que los supuestos “normales” llamamos “discapacitados”».

Casualmente, esa misma noche, leí en la prensa una pequeña nota sobre nuestro pedalista paralímpico Damián López, quien, en Tokio, esta vez concluyó en la posición 35 entre 39 competidores. Visto así, sin mayor argumentación, parece un mal resultado, sobre todo porque antes había logrado el lugar 12 en la cita de Londres, y el 17 en la de Río de Janeiro. Sucede, sin embargo, que Damián, amputado de sus dos antebrazos, hace tres años sufrió un accidente y también le fue amputada una pierna. Hay lugares en una competencia, así sean el cien mil o un millón, que siempre serán medalla de oro.

En fin, durante un mes no escribí para la prensa ni hice literatura. A principios de agosto resulté positivo a la COVID, y aunque los síntomas fueron ligeros, apenas algo semejante a un catarro, me quedaron ciertas molestas secuelas. En algún momento tuve palpitaciones, en otros, ligera intoxicación, y, sobre todo, alguna sensación de mareo al levantarme de la cama o mirar hacia arriba.

Me decía, hoy no escribo, mañana sí, pero pasaban los días y yo anclado en mí ociosidad. Las historias de Damián y Jorge, sin embargo, me han puesto una «vacuna» de carácter: una inyección semejante a la Plus, pero como refuerzo del espíritu. Está bueno ya de autolástima, me dije, y entonces me levanté temprano y escribí este artículo.

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