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» Especial Cuba » Solo El Amor … » Por Antonio Rodríguez Salvador «

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Jul 24, 2021

Las palabras hoguera y hogar tienen el mismo origen etimológico: ambas provienen del latín focus, fuego. En los comienzos de nuestra civilización, las familias se reunían alrededor de una hoguera que ocupaba el lugar central de la casa. Esa lumbre no solo garantizaba luz y calor, y permitía la cocción de los alimentos; era también sitio de avenencia familiar, y por ello estaba consagrado a la diosa Vesta, símbolo de la fidelidad.

Para hacer el fuego, se precisaba una chispa de pedernal que lograse prender la yesca. Es la yesca un hongo altamente inflamable, que crece en el tronco de los árboles, y cuyo nombre en francés es amadou, palabra que en provenzal significa «amante», y proviene de la raíz latina amare, amar. Por tanto, hogar es una casa, una familia, que se crea con amor y fidelidad.

Patria, entretanto, proviene del latín patres: tierra hogareña de nuestros antepasados; sitio sagrado donde nuestros padres iluminaron sus hogares también con amor y fidelidad. Así, entonces, patria es contraria de oscuridad y desavenencia; contraria de odio que vendría a ser como los ciscos en la hoguera apagada; oscuros carbones que aún conservan dentro la brasa, pero que no alumbran, no protegen del frío ni cuecen los alimentos.

Hablemos entonces del amor, compatriotas (palabra cuyo significado es compartir la Patria: fidelidad y calor en este hogar llamado Cuba). Por ejemplo, decir que hemos llegado a dos millones de inmunizados contra la covid-19. Dos millones con vacunas propias; creadas y fabricadas por hijos de este pequeño país y corazón grande, para la felicidad de todos.

Cierto que aún falta mucho por andar: hay que llegar a 11 millones y, entretanto, tenemos que seguir cuidándonos; mantener el distanciamiento físico, el lavado de las manos, el uso de mascarilla; todo cuanto resulte oportuno. Pero cuánta luz, y amor y fidelidad expresa ese número: ¡dos millones!

Yo imagino a esos científicos, personas como usted y como yo, que tras agotadoras jornadas de trabajo en equipo, marchan a sus casas donde luego no pueden conciliar el sueño porque fórmulas y ecuaciones siguen resolviéndose en la mente. Seguro estoy de que algunos de ellos también sufrieron apagones en sus casas, o debieron dejar a los hijos al cuidado de un vecino o un pariente, y no estar disponibles a la hora de explicarles teleclases o hasta en una fiebre del catarro; pero seguro también estoy de que tales carencias fueron compensadas por ese sentimiento que Martí llamó «utilidad de la virtud».

Yo vi un reportaje de los laboratorios donde se fabrican las vacunas y el trabajo es agotador. Se debe permanecer horas dentro de una escafandra, en un ambiente controlado donde no puedes salir al baño o a tomar cinco minutos de recreo, porque eso puede comprometer los resultados. Costosos resultados de los que dependen muchas vidas en una carrera contra el tiempo.

Y qué decir de los miles de enfermera, y enfermeros. Y los médicos que rellenan formularios y auscultan y toman la presión a quienes van a vacunarse. Y los choferes que se levantan de madrugada para garantizar puntualidad. Y las auxiliares de limpieza que casi nunca son mencionadas, pero que asumen un gran riesgo personal en todo ese proceso. Tantas y tantas personas reunidas por la pasión de que usted y yo estemos protegidos.

Es el amor, compañeros (palabra que significa compartir el pan). «Solo el amor engendra la melodía», dijo el Apóstol en su poema Crin hirsuta; y él, cuidadoso como fue de la expresión y la idea exacta, no escogió al azar la palabra «melodía». Una melodía es imposible sin armonía (palabra que significa concordia, fraternidad, hermandad…). Sin ella, tampoco sería posible el hogar, la familia, la Patria.

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