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» Especial Cuba » Patrimonio cultural » Una reflexión necesaria » Por Graziella Pogolotti «

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Feb 16, 2022

El cronograma legislativo de la Asamblea Nacional prevé la actualización de las normas jurídicas que habrán de garantizar la protección del patrimonio cultural.

Debemos a la Revolución Cubana la temprana adopción de medidas destinadas a conceder primordial importancia a la salvaguardia de bienes que, sometidos a la especulación financiera capitalista, desaparecieron irremediablemente en virtud de una malentendida acción modernizadora.

Así ocurrió con espléndidas edificaciones coloniales, dotadas de valiosísimos artesonados de origen mozárabe y concebidas en armonía con las exigencias de nuestro clima tropical, atendiendo a la circulación del aire, a la suave caricia de las brisas a través de patios y portales. El modelo había venido de España, pero adquirió sello propio en el contexto específico de nuestro país. El reconocimiento de esos valores se convierte en conciencia colectiva durante la conmemoración, cada año, de la fecha fundacional de nuestras principales ciudades.

Cercano a todos, porque conforma nuestro vivir cotidiano en la vivienda, en el andar por las calles, en la búsqueda de lo necesario para asegurar la supervivencia; porque ofrece sombra acogedora ante los embates del sol tropical y define la singularidad de nuestras ciudades, el legado de la arquitectura y el urbanismo ocupa un espacio fundamental de nuestro patrimonio cultural.

En La Habana, convocados regularmente por las rutas y andares que animara Eusebio Leal, hemos aprendido a disfrutar el área fundacional de la capital, agrupada junto al puerto, punto de encuentro de las flotas que tomaban el camino de la Corriente del Golfo para garantizar el intercambio cultural entre el acá y el allá del Atlántico. Pero el crecimiento de la urbe no se detuvo en aquellos remotos días. Sus calzadas se abrieron hacia los fértiles territorios de Vuelta Abajo –evocados por Cirilo Villaverde– y hacia el emporio azucarero de Mayabeque.

Con el paso del tiempo se expandió hacia el señorío de la Calzada del Cerro, allí donde José de la Luz y Caballero dejó la huella de su magisterio. Más tarde surgió el Vedado, primer conjunto urbano concebido de manera integral, sujeto a la obediencia de regulaciones claramente definidas.

Muy deteriorado por el paso de los años y, sobre todo, por intervenciones constructivas que contravienen su concepción original, sigue constituyendo una de las joyas de La Habana, requerida de urgente rescate y preservación.

Centro económico y administrativo del país, la capital se expandió hacia el sur y el oeste. En cada etapa, la arquitectura y el urbanismo siguieron configurando su imagen en diálogo creativo entre modernidad y tradición. Así prosiguió este proceso que nunca se detiene en un ayer indeterminado, al que se incorporan valores significativos correspondientes a la etapa revolucionaria.

En su amplio significado, el concepto de patrimonio incluye los testimonios documentales, registro tangible de nuestra memoria histórica. Algunos se conservan en archivos, pero su riqueza mayor se encuentra en la red de bibliotecas. En ellas hay que preservar, en lucha constante contra el desgaste del paso del tiempo y la agresividad de un clima húmedo y tórrido, la obra de los escritores, de los historiadores, de los científicos e investigadores de lo que somos y hemos sido, todos constructores del imaginario múltiple que nos identifica.

Con su excepcional clarividencia, Eusebio Leal no se limitó a emprender la restauración de La Habana colonial y a establecer modelos para la implantación de similares oficinas de conservadores en otras ciudades del país. Comprendió también que el concepto de patrimonio incluía el rescate de los saberes acumulados a través del tiempo, tanto aquellos dotados de alto reconocimiento intelectual, como los más modestos y, sin embargo, decisivos para el adecuado hacer en la obra de cada día y contrarrestar así la chapucería, la improvisación y el despilfarro que nos invaden.

Tradujo ese concepto en práctica concreta al refundar escuelas para el aprendizaje de oficios que habían alcanzado entre nosotros un altísimo nivel en la albañilería, la ebanistería y en la elaboración de los preciosos enrejados, muchos de ellos desaparecidos en la actualidad por el abandono, la subestimación y hasta el pillaje.

Por esa vía queda mucho por hacer con el propósito de reivindicar, como fuente viva de aprendizaje valedero, el saber acumulado en el plano de las ideas, nuestra mejor tradición pedagógica y el desarrollo de la historiografía desde que el fundador Arrate empezó a definir el perfil del criollo, hasta llegar a todos aquellos que indagaron en las claves de las deformaciones estructurales de una economía dependiente, se adentraron en el estudio de los componentes de la sociedad y en las raíces de la formación de prejuicios y arquetipos que sobrevivieron a la abolición de la esclavitud.

En el ámbito inconmensurable de los saberes patrimoniales desempeña un papel decisivo la relectura productiva de nuestro pensamiento revolucionario que, por su alcance, sobrepasa nuestras fronteras y requiere, además, una eficaz comunicación social.

Por su dimensión, el tema no puede abordarse en el breve espacio de esta columna. En ella, intento tan solo provocar una reflexión inclusiva de sus numerosas aristas.

Sin embargo, no quiero terminar estas líneas sin subrayar la relevancia de un componente de nuestro patrimonio que, por cotidiano y familiar, solemos olvidar. Se trata, nada menos, que del idioma que todos compartimos, portador de una rica tradición forjadora de arquetipos como la Celestina, Don Juan y el Quijote de un lugar de la Mancha, cuyo nombre el autor desea olvidar. Padece en la actualidad un acelerado descuido, acrecentado por el empleo obsesivo de los teléfonos celulares. Es vía de comunicación con gran parte de América Latina, con importantes minorías instaladas en Estados Unidos. Es, en suma, una de las lenguas con más alto número de parlantes en el mundo. No hay más que escuchar las frecuentes entrevistas transmitidas por los medios para observar el empobrecimiento del léxico, el descuido en la articulación de las palabras, a lo que se añade la proliferación de los errores ortográficos.

Luchar por su preservación y rescate es tarea que incumbe a la sociedad en su conjunto y, en particular, al sistema nacional de educación y a los medios de comunicación masiva. Se impone diseñar programas de acción al respecto porque la defensa del patrimonio en todas sus dimensiones constituye registro de memoria histórica, afirmación de identidad y construcción de conciencia ciudadana.

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