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» Especial Cuba » La nalgada que me faltó » Por Yeilén Delgado Calvo «

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Ago 30, 2022

Voy camino a cumplir 32 años y mi mamá y mi papá nunca me pegaron. Nunca. Ni una nalgada ni un zarandeo, y menos una bofetada. Jamás.

No puedo decir que fuera así con mis amigas de la primaria. A casi todas ellas les pegaban, con la mano o con chancleta. No era un acto privado, lo sé porque muchas veces les pegaban frente a mí.

Aquello me producía una desazón muy grande, una vergüenza ajena que me perturbaba. Sobre todo, porque cuando después veía muestras de amor entre mis amigas y sus madres o padres, los mismos que les habían pegado, me resultaban violentas, sin saber por qué.

Desde hoy puedo comprender que, en mi mente infantil, cariño y maltrato ya estaban divorciados irremediablemente. A mis amigas esos golpes parecían no importarles mucho, recuerdo que si era cuestión de escaparse, se escapaban, si había que mentir, mentían. Yo no, el respeto que sentía por mami y papi me impedía hacerlo, y las veces que rompí la disciplina, luego me arrepentí.

Hay cierto manual educativo no escrito, pero de dominio público, que defiende la necesidad de una nalgada a tiempo. Yo, a pesar de la nalgada que me faltó, estudié, trabajo desde que pude hacerlo, soy una adulta independiente, funcional y responsable.

Dirán algunos que es porque fui una niña buena, y todos no «salen» así. Mi experiencia a lo largo de la vida me hace presumir que el golpe es un desahogo del adulto, es la impotencia y el cansancio hablando, es la falta de herramientas y también de experiencia e información, y –a veces, aunque sean las menos– también es crueldad.

Un niño golpeado no es más dócil que aquel que no lo es, no deja de hacer travesuras ni de «portarse mal», solo tiene más miedos y, aunque parezca paradójico, menos respeto.

Soy madre de dos hijos, sé que criar es una batalla diaria, que la diferencia entre ser firme y una loca desquiciada que les grita en público es muy fina. Cada jornada me esfuerzo y me juzgo duro, y estudio también.

No es que la madre o el padre que haya pegado sea mala madre o mal padre per se, o haya arruinado la vida de sus hijos para siempre, pero saber que es incorrecto, que se puede hacer mejor, que hay otras maneras, que no se pierde la autoridad por decir «lo siento, me equivoqué, no debí hacerlo», hacen toda la diferencia.

Hay quien proclama: «A mí me dieron buenos cintazos y mira qué bien salí», sin pensar que seguramente no salió derecho por los cintazos, sino por todo lo otro que su familia hizo de positivo en materia de educación (y quizá sin los cintazos hubiera resultado mejor aún).

Cuando algún adolescente o joven vaya por mal camino, no digamos más que le faltó una nalgada a tiempo, más bien digamos que le faltó más amor o dedicación a tiempo.

El nuevo Código de las Familias no viene a demonizar maternidades o paternidades, ni a mandar a la cárcel a quien pegue alguna vez a sus hijos (aunque sabemos de casos en las comunidades que merecen estar entre rejas por maltratadores, y que se escudan en el «es mi hijo»), sino a mostrarnos caminos, a contribuir al cambio de ese manual educativo no escrito.

La transformación es cultural, lenta y no se decreta, pero la ley escrita hace, no lo dudemos, parte importante. A mí me faltó una nalgada, y no saben cuánto lo agradezco.

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