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Ene 28, 2022

Dentro de la inmensa obra literaria y periodística de José Martí, la ciencia ocupó desde muy temprano un espacio prominente expresado no solo en su labor de ser un cronista de los adelantos de la época, sino también en la conveniencia  de utilizarlos en función del bienestar de los pueblos de la que llamó Nuestra América

Con 22 años de edad, el 2 de julio de 1875 publica en la Revista Universal, en México, el que al parecer fue su primer artículo conocido de corte científico.

En uno de los párrafos de aquel escrito señala: «El examen geológico de América resolverá una cuestión previa que a los que se dedican a estos conocimientos preocupa con justicia: ¿apareció en las distintas comarcas de la tierra el género humano a un tiempo mismo? La edad de piedra existía en Luisiana a tiempo que existía en Europa la perfeccionada edad actual. Siendo unos mismos los hombres, ¿marchan en tierras distintas por distintas leyes?

«Utilísimas  cosas sabría la ciencia si a ella se dedicase la perspicaz inteligencia americana».

Semanas después, Martí describe en esa propia publicación una de las sesiones de la Sociedad de Historia Natural de México y manifiesta su preocupación por la indiferencia con que en la prensa se miran los adelantos científicos.

«Apenas si alguna vez hallan cabida en las columnas de los periódicos, las solemnes palabras de la ciencia, madre amorosa que descompone, elabora, estudia, crea en pro de tantos hijos que la desconocen, la desdeñan, la olvidan».

Pero será en la revista La América (comenzó a salir en Nueva York en abril de 1882), donde el más universal de los cubanos deviene en verdadero precursor del periodismo científico, al difundir y explicar en todos sus detalles los principales avances de la ciencia y la tecnología de finales del siglo XIX.

Tan notable interés de José Martí hacia la popularización del conocimiento en las disímiles ramas del saber, se manifiesta con más fuerza, al ocupar  al año siguiente la dirección del mencionado órgano de prensa.

Desde las páginas de la revista La América, nuestro Héroe Nacional difunde en sus artículos los últimos descubrimientos e invenciones  tecnológicas. Destacan, entre ellos, los titulados Escuela de Mecánica, Escuela de Electricidad, Pasteur sobre la rabia, Telescopios astronómicos, Una máquina de vapor moderna, Últimas maravillas de la electricidad y Formación geológica de Cuba.

Incluso, en determinado momento asume la redacción de la totalidad de los trabajos de cada número y hasta contribuye en el diseño de llamativas ilustraciones, que hoy asombran a quienes consultan la publicación.

También cuenta con notable maestría el acontecer de varias exposiciones internacionales dedicadas a mostrar lo más reciente en ciencia y tecnología. Le da tanta importancia a estos eventos que acerca de ellos escribirá: «Ya las Exposiciones no son lugares de paseo. Son avisos: son lecciones enormes y silenciosas: son escuelas. Pueblo que nada ve en ellas que aprender, no lleva camino de pueblo».

No faltó en sus artículos la valoración de los impactos de los adelantos tecnológicos en la sociedad. Así lo hace, por ejemplo, cuando habla de cómo la revolución operada en la electricidad contribuyó a la generalización del alumbrado público y a la difusión del teléfono.

Defendió el notorio lugar que debía ocupar la agricultura en los países de América y la necesidad de la diversificación agrícola en oposición al monocultivo. Así lo plasmó en la expresión: «Tierra, cuanto haya debe cultivarse y con varios cultivos, jamás con uno solo».

Poseedor de una sólida cultura científica, forjada en gran medida por ser testigo presencial de la pujante revolución técnica e industrial, que tenía lugar en Estados Unidos durante los tres lustros vividos en la nación norteña, José Martí descolló, asimismo, como comentarista de libros científicos.

Fue precisamente en la reseña del denominado Las leyes de la herencia, del profesor W. K. Brooks, donde enuncia una de sus frases célebres: «Poner la ciencia en lengua diaria: he ahí un gran bien que pocos hacen».

POESÍA MAYOR EN LOS LIBROS DE CIENCIA

Convencido de la importancia de cultivar en niños y jóvenes el interés hacia los temas científicos, al fundar en 1889 la revista La Edad de Oro, el Apóstol de la independencia de Cuba escribe en la introducción al primer número:

«Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra, y qué quiere decir cada color (…)».

Y añadía: «Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra (…)».

En carta fechada el 9 de abril de 1895, dirigida a la niña María Mantilla, Martí esboza en pocas palabras el alto concepto que tenía de la ciencia: «Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales o exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad. Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia».

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