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» Especial Cuba » Fidel de la montaña » Por Julio César Sánchez Guerra «

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Ago 9, 2021

Desde el campamento de Dos Ríos, escribe Martí a Mercado; le revela al amigo mexicano lo que en silencio ha tenido que ser: Lo que hizo y falta por hacer, es para impedir a tiempo, que Estados Unidos de Norteamérica caiga con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América.

Desde un sitio de la Sierra Maestra, el 5 de junio de 1958, Fidel escribe a Celia; los cohetes que caen sobre la casa del campesino Mario Sariol, traen la marca de fabricación Made in usa. Confiesa a la guerrillera que cuando la guerra termine comenzará una más larga y grande: «la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero». Ni Martí, ni Fidel escogieron ese «destino verdadero», fue impuesto por la historia; Cuba se levanta en el mar Caribe, «frontera de todos los imperios».

Es un desafío intentar ser una nación independiente a 90 millas del imperio más poderoso que haya existido sobre la tierra. La honda de David pasa de las manos de Martí a las manos de Fidel; y Cuba, con una estrella solitaria, no nace para ser esclava.

Es larga la lucha. Mi abuelo Porfirio Guerra Estrada es de aquellos mambises que pelea bajo las órdenes de Calixto, cuando los «yanquis amigos»  le impiden la entrada en Santiago de Cuba aquel año tremendo de 1898. Durante todo el siglo xx, se  lucha por la justicia social y la plena independencia política. El Gobierno de Estados Unidos siempre deja a Cuba tendida sobre la mesa, como una fruta codiciada.

Y en eso llegó Fidel. La Revolución de enero de 1959 es la herejía más grande que pueda hacer un pueblo que tiene por vecino a un imperio que decide, con un dedo, quién vive o muere en el traspatio de su poder americano. Lo imposible no era derrotar a Batista con siete fusiles, sino hacer una Revolución socialista a 90 millas de las narices imperiales.

En los tiempos de Roma, alguien terminaba sus discursos con la frase: ¡Destruid Cartago! Y Cartago fue destruida. Los gobernantes de Estados Unidos inician sus promesas electorales anunciando la muerte de la Revolución Cubana, tal obsesión viene desde los días de Eisenhower hasta los tiempos que corren. ¡Y la Revolución Cubana vive! Ese es el legado de Fidel: la soberanía alzada con la dignidad de Cuba, enfrentando amenazas, invasiones, bloqueos, actos terroristas, guerras de todo tipo, incluyendo las que matan a niños inocentes, plantas, animales. Guerra para matar un ejemplo y una verdad.

En estos más de 60 años, ¿errores? Las revoluciones no son autopistas, están llenas de obstáculos y lugares desconocidos, y no faltan los errores; voluntarismo, idealismo, dogmas que nos alejaron de la realidad…

No teme Fidel a la autocrítica. Cada revés lo convierte en la fuerza para otra victoria. No se aleja del pueblo, ni de los sueños. Se cae el Campo Socialista y, como una montaña, alza la fe en el triunfo posible, porque la política es eso, convertir lo imposible en posible.

Confía en los jóvenes, y a ellos advierte sobre la posibilidad de destruir la Revolución nosotros mismos. Desde la plaza, nos deja el concepto de Revolución que resume el poderío de un mensaje ético y emancipatorio, que no es solo para dejar como letra colgada en las paredes, sino para la entrega cotidiana por defender día a día la conquista de toda la justicia, para que viva siempre la herejía del pensamiento y el ejercicio pleno del amor.

Ahora que ya no está físicamente entre nosotros, su legado es territorio de disputa ideológica y cultural, por eso defender su pensamiento con obras es defender a la Revolución.

En 2006, cuando Fidel enferma gravemente, es agosto y mi madre se despide ya de la vida. Sabiendo de la gravedad de Fidel, alza la cabeza para soltarme aquella pregunta: «¿Cómo seguirá Fidel?». Aun en el último aliento de vida, mi madre, cristiana y fidelista, interroga por la vida del Comandante y me  trae, entre las mallas de la memoria, la imagen de Abel Santamaría, cuando presiente la muerte en el hospital sitiado el 26 de julio: «El que tiene que vivir es Fidel». ¡Ese es el líder del pueblo, hecho fibra en el alma de la gente!;  el mismo que no descansa, porque una idea de Quijote guía su estatura: «Mi descanso el pelear».

Con fusiles y jolongos en las manos, Martí y Fidel aceptaron el desafío de alzar a Cuba ante las puertas de la Roma americana. El Apóstol cae un 19 de mayo; ese mismo día, de 1850, había ondeado en Cuba, por primera vez, la bandera de la estrella solitaria. Nace Fidel un 13 de agosto; ese día, en otro siglo, en 1867, entregan a Perucho la patriótica tarea de escribir un himno libertario. Himno y bandera en el nacimiento y la muerte de dos héroes en la alta montaña de un país; en las manos de David, la honda, y Cuba con la estrella que ilumina, y salva.

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