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Sep 20, 2021

Desde los días fundadores del presbítero Félix Varela y del poeta José María Heredia, los escritores y artistas cubanos han contribuido, con su obra y acción, al propósito de construir una nación soberana.

El amanecer del siglo xx fue de amargura y decepción. La Isla se había desangrado de manera pavorosa en el prolongado empeño por conquistar la independencia soñada. El dominio de Estados Unidos sucedió al de la antigua metrópoli española.

Sin embargo, en la tercera década del siglo XX emergía una generación decidida a reverdecer el espíritu transformador. Agrupada en torno al llamado Grupo Minorista, la primera vanguardia emprendió simultáneamente el estudio y rescate de los valores de la cultura nacional, renovó los lenguajes expresivos y se propuso una participación activa en la vida del país a través de la conquista del espacio público.

Pero, otra vez, la intervención imperial se interpuso en el camino de la cristalización del siempre postergado proyecto emancipador. Después de la caída de la tiranía de Machado, la mano del embajador Caffery respaldó al entonces coronel Batista, hombre fuerte capaz de aherrojar el poderoso movimiento popular.

En ese contexto adverso, se incorporaba a la vida activa una nueva generación de escritores y artistas. Estaban condenados a la soledad y al aislamiento por la carencia de interlocutores dentro de un ámbito social caracterizado por la indiferencia.

En un extremo del espectro, Virgilio Piñera testimoniaba el drama de la nación en su poemario La isla en peso. En otro, José Lezama Lima proponía una acción de rescate mediante la poesía. Con enormes esfuerzos, procuró establecer puentes de diálogo a través de la publicación de libros y la puesta en circulación de revistas, entre ellas, Orígenes, la de existencia más prolongada que definió con su nombre a los creadores agrupados a su alrededor.

Eran escritores y artistas que, por el alcance y dimensión de su obra, ingresarían para siempre en la historia de la cultura cubana. Allí estaban los pintores Mariano Rodríguez y René Portocarrero, reconocido el primero por la imagen de sus gallos y el segundo por el acercamiento esencial al entorno de la ciudad. Destacaban en esa generación escritores de la talla de Eliseo Diego, Fina García Marruz y Cintio Vitier.

Poeta siempre, Cintio desarrolló una importante obra como ensayista. Sistematizó el legado del grupo Orígenes y lo integró al proceso histórico de la cultura nacional en su imprescindible Lo cubano en la poesía.

Era yo muy joven todavía cuando tuve el privilegio de escuchar en la sociedad Lyceum una primera versión del libro, expuesta en una serie de conferencias. Transcurrían los duros días de la dictadura de Batista y ante tantos horizontes cerrados, aquellas lecturas resultaron para mí un soplo de optimismo y esperanza.

Años más tarde, en pleno batallar revolucionario, entregó otro referente clásico, Ese sol del mundo moral, narrativa que evoca la corriente de espiritualidad, impronta que define el devenir subyacente en lo que somos.

Sin embargo, en el plano personal, nuestra cercanía mayor se produjo en otra etapa de nuestro transcurrir revolucionario. Acababa de triunfar la Revolución. Después de una larga estadía arrumbada en el Castillo de la Fuerza, la Biblioteca Nacional se había trasladado al edificio que hoy ocupa. En la añeja institución todo estaba por hacer. María Teresa Freyre de Andrade, su directora, orgullosa de su procedencia mambisa, había enfrentado las dictaduras de Machado y Batista.

Exiliada en Francia, se consagró en Europa a estudios de bibliotecología y fue madurando un proyecto atemperado a las necesidades de un país que cargaba con la pesada herencia del subdesarrollo.

Sin menoscabo del papel patrimonial, la Biblioteca Nacional debía volcarse también hacia una labor educativa con acento cultural en beneficio de la comunidad. Para llevar a cabo ese propósito se rodeó de un grupo de intelectuales de distinto origen y formación. Un cartel situado en el marmóreo vestíbulo de la institución recordaba a todos que la verdadera emancipación de un pueblo requería, junto con el mejoramiento de las condiciones materiales, el progresivo alcance de una plenitud espiritual.

«La Revolución no te dice cree, la Revolución te dice lee», había afirmado el Comandante. Emprender esa misión cuando todavía estaba en marcha la Campaña de Alfabetización requería el cotidiano fermento de ideas en el que participaban el historiador marxista Juan Pérez de la Riva junto a los poetas católicos Eliseo Diego, Fina García Marruz y Cintio Vitier. La erudición y la poesía iban de la mano en una acción social concreta.

De Cintio aprendí otra lección. Desafiando la humedad y el calor extremos se sumergía en los polvorientos almacenes de la Biblioteca. Allí rescataba documentos olvidados. Comprendí entonces que toda obra de creación se sostiene en la humilde, sistemática y rigurosa tarea de cada día.

Volvió hacia el Apóstol, maestro de siempre, una mirada renovada. Animó la sala Martí de la Biblioteca Nacional, preludio del Centro de Estudios Martianos que habría de fundarse algunos años después. Allí, hasta el último aliento, siguió ejerciendo su magisterio.

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