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» Especial Cuba » En el alma, como escudo de la Patria » Por Miguel Cruz Suárez «

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Ene 4, 2022

La cultura no es patrimonio de alguien en particular, porque sin el tributo de todos ni se forja ni se mantiene. No pocos dejan huellas profundas; otros dan su aporte pequeño pero necesario, en los giros más inesperados de la vida.

Nadie está ajeno a ella y aunque intenten sacudirle el alma, a los que reniegan de sus orígenes no les resulta viable desprenderse de su influencia. No es posible disfrazar la cultura y poner sobre su piel cubanísima otra vestimenta que la disimule o la esconda. Su impacto es difícil de extinguir en la naturaleza del cubano.

Aunque intenten cercarla, reducirla o relegarla, mientras en su nombre se canta al precio de oídos ajenos o de ojos extraños, es tan fuerte que esas esquirlas apenas hacen mella en su armadura. Si ella no se agrieta, toda esperanza de quebrar la resistencia queda reducida a nada. No en vano lo han intentado tantas veces desde antes de la Enmienda Platt.

Es la salvación probada, el anticuerpo contra el virus terrible de la colonización cultural, que abriría las puertas del país a oscuros apetitos de poder dispuestos a barrer cualquier indicio de una cubanía, demasiado incómoda para los planes anexionistas. Saben que despejado el camino, sin la entereza que suponen la memoria histórica y simbólica que late en la cultura, no harían falta las balas para derrotarnos.

Por eso vienen contra ella con una fuerza terrible y apuestan por la conocida táctica del secuestro. Quieren llevarla hasta la otra orilla y devolvernos una copia falseada con sus mismos colores, pero incapaz de moverse o de actuar sin la mano peluda que sostiene los hilos. Aferrémonos entonces a nuestro escudo: no suena igual nuestro himno, ni luce igual nuestra bandera, cuando detrás de ellos se descubre el acento extranjero de la traición.

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