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» Especial Cuba » El barrio, una conquista del espacio cubano » Por Miguel Barnet «

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Nov 1, 2021

Motivado por sendas intervenciones realizadas en la Asamblea Nacional del Poder Popular me gustaría hacer una reflexión sobre el tema de los barrios en la vida social de Cuba.

Lo primero que aprendí del maestro Fernando Ortiz fue que la cultura no era un lujo, sino una necesidad, una energía, y la más profunda expresión del alma del pueblo. Una de las muestras más fehacientes de este aserto es la salvaguarda de la tradición que nuestro pueblo como un tesoro, quizá el más acariciado, salvó para siempre. No haberlo hecho hubiera sido negar su cultura, y todo pueblo que niegue su cultura está destinado a desaparecer.

El pueblo ha sido fiel a sus tradiciones y el barrio ha sido, a su vez, la mayor conquista del espacio cubano y una verdadera caja de resonancia. Llegar al barrio sin valorar sus tradiciones y sus modos de ser es un crimen de lesa cultura. Por todo eso me produce gran satisfacción que estemos revisitando el barrio, donde está la médula de la Patria. Y la Patria, como también escribió Fernando Ortiz, es la cultura.

A ese fondo retador que es el barrio hay que ir con nuestras más pulidas herramientas científicas y con el corazón. No se trata de parecernos a él, sino de ser él. Se trata de no olvidar las raíces, como nunca las olvidó el barrio, porque olvidarlas es convertirnos en víctimas del presente y huérfanos del futuro. Qué lejos estamos de aquel lema populista de la Roma antigua de pan y circo.

Ir a los barrios es ir a lo más hondo del alma popular, ahí donde la poesía marca el punto de partida de las ciencias sociales. Ir al barrio es sentir las palpitaciones de él, eso quiere decir hallar una identificación plena con la espiritualidad que alienta la vida en comunidad.

Hay que potenciar las cualidades del barrio, conocer a fondo sus valores, sus inquietudes, sus aspiraciones. Sin un diagnóstico basado en preceptos sociológicos y con herramientas eficaces no podemos avanzar en el conocimiento del alma humana. No se trata de levantar el techo de una casa en un barrio de economía débil o de llevar un coro de danzas folklóricas al festín y luego despedirnos con un saludo de satisfacción.

Hay que entrar en ese arcano con humildad para poder valorar la maravilla de su legado. La cultura popular no es algo llovido desde arriba, sino brotado desde abajo.

Hay que escuchar al otro, esa voz que por años ha sido olvidada y que la Revolución trajo a la palestra. Toda cultura es dinámica y por tanto, cambiante. Hoy más que nunca necesitamos de esa fortaleza para vivir la vida propia sin servidumbres. Por eso me adhiero a esta invitación de ir al barrio, es decir, al útero de la Isla.

Ya en Cuba hemos tenido antecedentes de estas acciones en la dirección de trabajo comunitario del Ministerio de Cultura y en la de la Uneac. Recuerdo, ahora mismo, cuando en la década de los 90 en la Uneac, presidida por Abel Prieto, creamos el movimiento de coordinadores en los barrios de La Habana. Y fue durante el fatídico periodo especial, cuando había que andar los barrios a pie porque el transporte urbano se había ido a bolina. Con métodos de orientación antropológica nos sumergimos en comunidades que vivían en un letargo y despertamos las potencialidades de esas mujeres, esos hombres y esos niños. En muchos casos, incluso, logramos rescatar a jóvenes inclinados a la marginalidad y a la delincuencia. Y es que teníamos la llave de los truenos, sabíamos cuáles eran sus necesidades y sus sueños. Eso lo descubrimos con recursos de la ciencia y latidos del corazón, porque habíamos entrado, despojados de toda vanidad o arrogancia, a la historia de esas vidas.

La historia siempre habla en presente porque no es otra cosa que continuidad dialéctica. La historia, que es el espejo donde debemos mirarnos, antes de poner pie en tierra. El pueblo no es una abstracción, es cada uno de nosotros, el barrio tampoco es una abstracción, es cada uno de nosotros renovados siempre pero los mismos. Al barrio, a la comunidad, hemos ido escritores y artistas, como dije, no solo a llevar cultura, sino sobre todo a recibir de sus valores endógenos. Especialistas de gestión comunitaria, coordinadores de base, jóvenes identificados con la ejecución del trabajo en comunidades y pobladores han contribuido al empeño de fortalecer el tejido social y a dinamizar procesos de integración para salvarnos de la inercia y el tedio.

Este es, evidentemente, otro de los propósitos del gran proyecto que hoy vemos redimensionado por el Estado cubano.

Nuestro pueblo ha sido consecuente con sus tradiciones en la certeza de que un pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio, como afirmó en los años 20 del pasado siglo Fernando Ortiz. Aunque lo dice también un refrán afrocubano: Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Y lo que es mucho peor, que en chilindrón acaba.

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