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Jul 19, 2021

Como parte del dominio imperial, el uso de la cultura se ha caracterizado, en todas sus fases, por privar a «los condenados de la Tierra» del conocimiento de la historia, fuente nutricia de lo que somos y de nuestros valores sustantivos, de nuestra razón de ser y de lo que habremos de defender.

Con el suministro de versiones simplistas, convertidas en consignas, encapsuladas en breves referencias en ocasión de efemérides puntuales, con las rutinas del pensar y la insuficiente divulgación de los resultados de la investigación científica, contribuimos involuntariamente a la desmemoria colectiva.

Acabamos de conmemorar el aniversario de Palabras a los intelectuales. Muy pronto, la Uneac llegará a los 60 años. Pocos recuerdan, sin embargo, la carga simbólica implícita en la fecha escogida para la inauguración del congreso fundador. El 18 de agosto de 1961 se cumplían 25 años del asesinato, en Granada, de Federico García Lorca por las hordas fascistas. Al cabo de numerosas búsquedas emprendidas en los últimos tiempos, sus restos no han sido encontrados.

Al conocerse la noticia del pronunciamiento de Francisco Franco, Lorca estaba en Madrid, donde la Ciudad Universitaria era un espacio compartido por prominentes figuras intelectuales de la época de la talla de Salvador Dalí y Luis Buñuel. Ajeno a cualquier tipo de militancia política, entregado a una obra de profundo arraigo popular, el poeta percibió el peligro que lo amenazaba. Buscó refugio en el hogar de sus padres, instalados en su Granada natal. Acosado allí, procuró amparo en la casa de su amigo, el poeta falangista Luis Rosales. El lugar fue sometido al cerco de un impresionante zafarrancho. El fusilamiento de Lorca tuvo enorme repercusión internacional. Se erigió en símbolo de la barbarie fascista, en señal precursora del horror que se impondría poco después con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

La resistencia del pueblo español ante la embestida fascista concitó una amplia solidaridad en la sociedad cubana. Traspasó fronteras políticas y estéticas. Más de mil combatientes voluntarios acudieron a la península. Pablo de la Torriente Brau cayó en Majadahonda. El pintor Wifredo Lam vistió uniforme de miliciano en la dura lucha por la defensa de Madrid. Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Juan Marinello, Félix Pita Rodríguez y Leonardo Fernández Sánchez participaron en el congreso internacional de intelectuales convocado en Valencia. En la España bajo las bombas, las voces del mundo intentaban levantar un valladar frente al rastro atroz de muerte y destrucción que se abatía sobre un país inerme.

Quienes proclamaron –en palabras de Millán Astray ante la figura inminente de Miguel de Unamuno y en gesto de intolerante prepotencia– la muerte de la inteligencia, condenaron a Federico por su orientación sexual y, sobre todo, por haber hurgado la entraña de la España profunda. Instaló al gitano en la gran tradición literaria del romancero. Animó La Barraca, teatro itinerante que recorría los territorios alejados de los centros urbanos dotados de instituciones destinadas a la difusión de la cultura. Desafió el autoritarismo que impregnaba las costumbres e inhibía, a través de distintas formas de violencia social, la plena realización del ser humano, en textos dramáticos que conceden particular protagonismo a la mujer. Ahí están, todavía vigentes, Doña Rosita la soltera, Yerma, Bodas de Sangre y La casa de Bernarda Alba.

Muchos fundadores de la Uneac conservaban viva la memoria de la presencia de Federico en Cuba. Su carisma, ese ángel misterioso que lo envolvía, le había ganado una amplia gama de amistades, desde el peculiar y recoleto ámbito de la familia Loynaz, hasta el multifacético entramado social de lo popular. La atmósfera de la Isla, tan afín a su natal Andalucía en muchos aspectos, y la cálida expresividad de sus pobladores, lo deslumbraron. La experiencia intelectual se enriqueció con un fuerte impacto emocional. En justa reciprocidad, durante mucho tiempo, los artistas escénicos sometieron a lecturas sucesivas las obras mayores de su repertorio teatral. El maestro Roberto Valera llevó a la música su Iré a Santiago.

En el año de Girón, de la Campaña de Alfabetización y de Palabras a los intelectuales, el homenaje a Federico García Lorca significaba mucho más. Con diferencia de matices y tendencias, en convergencia de generaciones diversas, los escritores y artistas se congregaban para modelar una institución que viabilizara la difusión de una obra de creación abierta al diálogo con un sector creciente de interlocutores que, por primera vez, tendría acceso a la cultura.

Era la cristalización de sueños largamente postergados, en favor de un arte liberado de la tutela de los mercaderes, forjado en la búsqueda de la verdad y de la plena emancipación humana. Federico encarnaba la inmolación de la inocencia y de las más puras esencias de la poesía, víctima del fascismo, de la tradición de los requetés, de la derecha más recalcitrante, de la expresión más perversa del capitalismo.

Vale la pena recordarlo hoy, al cabo de 60 años, porque ahora mismo el arte se desnaturaliza en efímero espectáculo baladí, a la vez que el fascismo vuelve a asomar la cabeza de manera impúdica, con su carga nefasta de supremacismo racial y de indiferencia genocida ante los condenados de la Tierra.

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