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» Especial Cuba » Apuntes para Vicente » Por Yeilén Delgado Calvo «

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Dic 20, 2021

Ovación. Así comentaba Vicente Feliú en redes sociales, cada vez que una publicación le parecía audaz, sincera… En esos espacios virtuales, se prodigaba como en su vida toda, con sencillez extrema, como si no fuese él un grande de la cultura, un imprescindible.

Quizá fue esa modestia o su capacidad nunca menguada de emocionarse ante el talento nuevo, aquello que lo convirtió en un maestro raigal. Muchos artistas e intelectuales le deben a su conversación, a su apoyo, a su escenario siempre abierto.

Vicente fue, sobre todo, un luchador. No hubo causa justa desde la que no se sintiera compulsado. Por los Cinco peleó con la fiereza de un hermano; por Ana Belén Montes clamó una y otra vez. Todos los desafíos de América eran los suyos, y jamás hubo debate en torno a la realidad de Cuba que lo encontrara desapasionado.

El Tinto, fundador del Movimiento de la Nueva Trova, nunca pidió para sí honores, defendía la condición de trovador desde la necesidad y la exigencia de poner en letra y acordes el alma de la gente; y, además, tomar acciones.

Aunque esa canción enorme donde pidió que se le creyera que quería ser machete en plena zafra / bala feroz al centro del combate, bastaría para considerar monumental su obra; Vicente Feliú es autor de temas hermosísimos y estremecedores, de esos que una vez escuchados se hacen parte de la banda sonora propia.

Esas canciones son menos conocidas, porque a él, más que poner en un justo lugar su creación artística, le preocupaba ser y hacer por su tiempo, por la Revolución.

Coherencia, quizá sea esa la palabra que mejor lo defina. Vicente fue fiel a un proyecto revolucionario que vivió en toda su intensidad. Y esa entrega la ejerció desde una postura crítica.

«Que nadie se calle todo lo que fui», pidió en la canción Apuntes para mi muerte. No era un santo. Le gustaban el ron y la madrugada, y su corazón se le ensanchó a fuerza de escribir la existencia como único vale hacerlo, a plenitud.

Vicente fue el amigo de Silvio Rodríguez, a quien veneraba con fervor. Fue el novio de su esposa Aurora (maga, amante y amiga mortal), padre de Aurorita y abuelo de Eva. Fue, además, esencial para muchas personas, muchísimas, y el pesar y la sorpresa ante su muerte (esa sobre la que tanto cantó con desenfado) lo demuestran. Vicente pasaba los 70, pero su vitalidad no permitía sospechar siquiera la partida.

Se fue como tal vez le habría gustado, con la guitarra desenfundada y a punto de cantar La Bayamesa, que es casi como cantar la Patria. No quería «canciones, ni duelos, ni adiós».

El único homenaje posible es vivir toda la vida que queda ante él. No obstante, hay que decirle, al menos una última vez: Vicente Feliú, para ti, ovación.

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