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» Cuba » Que no suceda otra vez… » Por Juan Carlos Teuma Diaz «

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Jun 1, 2021

Entre los miles de millones de personas que habitan el planeta en la actualidad, una mayoría casi absoluta ha sufrido de algún modo los estragos causados por la COVID-19. Pérdida ha sido la palabra más apropiada para definir las vivencias de hombres y mujeres de diversas nacionalidades, credos, pensamiento político, culturas, costumbres…

Lo más preciado la propia vida— estuvo, está y estará en peligro para un sinnúmero de individuos durante un tiempo aún más prolongado, pero no solo la probada capacidad asesina del virus desgarra, lastima, deja secuelas…; el daño económico y social perdurará en muchos países durante años, incluso, cuando las vacunas hagan pasar a la historia al tristemente célebre SARS-CoV-2.

En lo personal, mi experiencia no ha sido diferente a la del resto de la humanidad, y en el recuento, en el mejor de los casos, solo podré describir como “ganancia” lo aprendido. Un aprendizaje forzoso que sin dudas matizará el historial de quienes al final de esta pesadilla tengamos la suerte de contarnos entre los sobrevivientes, en un triunfo tan incompleto como el de los vencedores de una guerra, donde tras los cantos de victoria se ocultan lágrimas y heridas perennes.

Pero podré decir que aprendí sobre la fragilidad de la vida en la Tierra, que pude ver como nunca antes cuánto de egoísmo y de generosidad hay en el mundo, y confirmar la sospecha de por dónde desandan los egoístas y dónde hallar a los generosos.

Conocí que hay más maneras de seguir siendo útil en lo profesional y que para lograrlo basta con usar adecuadamente las nuevas tecnologías y poner a la creatividad como indispensable cómplice.

Decidí incorporar nuevos hábitos que probablemente me seguirán acompañando como fieles escoltas que me cuidan. Higienizar con frecuencia mis manos antes me parecía un acto exagerado y ahora es uno de los tantos detalles “milagrosos” que me mantienen a salvo.

A valorar con justeza lo vivido también aprendí: a menudo quisiera cambiar el mejor de mis días en la era de la pandemia por un día normal antes de diciembre de 2019.

Mis planes y aspiraciones son mediatos. Quiero vivir, tal vez no para contarlo, pero sí para sumarme, con mi minúsculo aporte, a quienes desde simples acciones podrán contribuir a que nada así vuelva a suceder

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