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» Cuba » En el amor sublime por Cuba, Céspedes » Por Mailenys Oliva Ferrales «

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Jun 24, 2021

Cuando se habla con orgullo y resolución de los próceres fundadores de la nación cubana, su nombre suele aflorar como el primero, acompañado casi siempre de un epíteto que por justo y enaltecedor– perdura de forma entrañable en la memoria del pueblo: Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria.

Así lo aprendemos desde niños. Así nos lo revela la historia. Así lo repetimos, una y otra vez, al resaltar la firmeza inquebrantable de aquel volcán humano que alzado por la independencia de Cuba no aceptó deponer las armas a cambio de la vida de su hijo Oscar, fusilado con solo 22 años por las tropas españolas.

¡Qué sacrificio tremendo!, ¡qué hombre tan sublime!, solemos pensar entonces ante el relato estremecedor y la frase del primer Presidente de la República en Armas: «Oscar no es mi único hijo, lo son todos aquellos que mueran por nuestras libertades patrias».

Sin embargo, es preciso adentrarse con el pecho abierto en la ruta de vida del hombre del 10 de Octubre, para aquilatar mejor su dimensión humana, más allá de los yerros que nunca eclipsaron su grandeza, y de aquel trágico episodio que pusiera fin a la existencia de uno de sus nueve retoños conocidos.

Y es que, inmortalizado como el iniciador de nuestras gestas libertarias, en el Céspedes padre poco nos detenemos, cuando en realidad no es posible desligar al patriota impetuoso que nos echó a vivir, de aquel que anduvo con el corazón roto por la pérdida y lejanía de sus seres queridos, y que inspiró también, a sus dos hijos mayores a enrolarse en la lucha sin aspirar a cargos que no conquistaran con su propio buen accionar.

Por ello se admira mucho más la obra heroica de aquel patricio bayamés que no solo renunció a las riquezas materiales para fundar una nación, sino que tuvo que soportar la pérdida de su primera esposa, y luego la de más de un hijo durante la contienda mambisa, además de vivir con la angustia de no poder conocer a otros de sus pequeños que nacieron en el exilio.

Basta con leer su Diario perdido, como le titulara Eusebio Leal, para descubrir en cada palabra allí escrita el dolor de un padre que antepuso la Patria al amor filial, aunque jamás dejó de pensar en los suyos.

«Me he levantado triste, pensando que nunca más volveré a ver a las personas que amo y que mis hijitos ni siquiera habrán conocido mis cabellos y mi barba…», anotaría el Hombre de Mármol (como le llamó José Martí) en la soledad de San Lorenzo, donde pasó sus últimos días, tras ser destituido de su cargo como Presidente por la Cámara de Representantes.

Más de dos siglos después, y a pocas horas de la celebración por el día de los padres, la historia nos recuerda que en la huella ejemplar de Céspedes podremos encontrar siempre al Padre de todos, quien no en balde juró: «Cubanos: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación».

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