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Jul 12, 2021

El error que no cometí fue el del olvido de quién soy, cuáles son mis sueños, de cuál pasado provengo, adónde pertenezco, qué nombre tiene mi enemigo y qué significado concedo a todo lo anterior.

Hace ya mucho tiempo entendí que los procesos de transformación social no solo son tan difíciles como subir la cuesta empinada de una montaña gigantesca, sino que los esfuerzos van a ser mucho más grandes en tanto mayor sea la autenticidad de los ideales y, sobre todo, la conexión entre las aspiraciones colectivas y el discurso de aquellos a quienes toca, en el lugar que sea, la dura responsabilidad de dirigir. Al mismo tiempo que lo anterior, también hace ya mucho entendí que la pureza de los sueños es mayor en tanto más íntima es la unión entre aquello a lo cual se aspira y las demandas de justicia social que, a lo largo de generaciones, afligen a los más desposeídos.
Junto a lo anterior, sumé la certeza de que la transformación que soñaba –un modelo de sociedad en el cual, a diario, se intenta extender a todos los espacios de justicia social– no solo tenía que traducirse en una exigencia permanente a mí mismo (en términos de conocimiento, entrega, participación, amor y confianza), sino que estaba obligado a realizarla en el interior de una hostilidad salvaje por parte de las fuerzas organizadas de aquel enemigo que más claro veo: la dominación imperial, que es lo mismo que la voluntad política subyacente en la masa de flujos del gran capital.
Elegir fue, al menos en mi caso, convocar a un diálogo enorme (en ocasiones hiriente) ilusiones que luego no pude alcanzar, el tamaño y las opciones económicas que pude identificar para mi país, la búsqueda de la más radical soberanía nacional, el antimperialismo en el que siempre he creído (pues mi rechazo a cualquier hegemonismo o subordinación es absoluto), la voluntad de descolonizar tanto estructuras como mentalidades, la repulsa ante cualquier forma de autoritarismo o accionar burocrático/formal.
El error que no cometí fue olvidar que los mundos nuevos se construyen en lucha y que, en comparación con la alegría de los sueños, mi resabio (sea cual pueda ser) es poco. O reducir, hasta desaparecer por entero, al grupo de los que menos tuvieron desde siempre y que ahora –después del acontecimiento de la Revolución cubana– encuentran para sí la vida difícil y digna de un país pequeño que al mismo tiempo enfrenta la carga histórica del subdesarrollo y también la violencia del enemigo imperial.
La unidad de la que hablo pasa por este diálogo personal, familiar, vecinal, barrial, laboral, institucional, público, entre la memoria y la esperanza, entre la limitación o el error y sus necesarias correcciones, entre lo que pueda fallar y la voluntad de dar y participar. Un proceso de cambio social como el nuestro es un desmesurado experimento de creación de cultura nueva (del trabajo, de la solidaridad, de la participación) que está obligada a discutirse a sí misma todos los días. Es desplegar vías inéditas para la comunicación permanente entre los liderazgos y los sectores todos de la población, ya sea esto a través del uso desalienado de los medios masivos de comunicación, mediante el accionar de las organizaciones políticas o mediante ese instrumento de alcance masivo y potencialidades infinitas que son la CTC, la FMC y los CDR. Es renovar, crear, multiplicar, amplificar y fortalecer (una y otra vez) las herramientas de control popular.
Repito que nada de lo anterior es cómodo o sencillo, sino que –tal como ocurre cuando hay que vencer rutinas, jerarquías y obediencias de siglos– equivale a movernos entre asperezas (a veces a salir lastimado), pero siempre siguiendo a esa brújula que dice dónde se encuentra la combinación entre soberanía, justicia social y esperanza.
El error que no cometí fue el del olvido de quién soy, cuáles son mis sueños, de cuál pasado provengo, adónde pertenezco, qué nombre tiene mi enemigo y qué significado concedo a todo lo anterior.
Vivir así es un desafío y es así que todos los días renazco.

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