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Sep 30, 2020

El gol del brasileño, que fue otra vez suplente, y dos paradas magníficas de Courtois salvan a un Madrid oscuro. Jovic sigue sin marcar.

El Valladolid mantuvo vivo el partido hasta el final.

Al Madrid le fue mejor el vértigo que el mando, los extremos que el manejo, Vinicius que Jovic y tener a Courtois que no tenerlo. En un golpe de timón sobre la marcha acabó liquidando al Valladolid, un modesto que no se arruga ni se descompone. Esa resistencia en la carestía le ha mantenido vivo en esta selva. El partido, en cualquier caso, reiteró la inquietud sobre el porvenir del Madrid: arriba sigue justo y el blindaje que le dio el título hace un cuarto de hora ha desaparecido. Sólo un Courtois magnífico vigila esa frontera.

El Madrid se desayunó con otra lesión para un mes de Hazard, el galactigate que se avecina. Pasada la canción del verano (Bale) el equipo de Zidane se topa con un caso clínico que va para crónico. El del belga era el sitio de Vinicius, pero mientras pasa la vida sin Hazard Zidane sigue dando la espalda al brasileño sin demasiados argumentos a la vista. Y en cambio, contra todos los pronósticos (el rendimiento general, su partido ante el Betis, su puesta en el mercado, la falta de adaptación…),repitió con Jovic como acompañante de Benzema, que con el serbio se acerca más al diez que al nueve. Y aprovechó el viaje para colar a Isco, su mediapunta favorito, y a los dos laterales suplentes, Odriozola y Marcelo. Sobre estos queda la explicación de que su utilidad es mayor en campo ajeno que en el propio y que en un once repleto de futbolistas para el juego interior, dos cruces de lateral y extremo siempre vienen bien. A cambio, Casemiro tuvo que hacer guardia como tercer central esporádicamente. Así que la cosa quedó a ratos en un 3-5-2, con el brasileño en labores de salvamento y socorrismo ante la debilidad defensiva de los dos jugadores de banda.

El Valladolid se comportó como lo que es, un equipo minimalista, sin pegada pero con mandíbula, con buenos mecanismos de autodefensa y pocos goleadores. Un presupuesto reducido pero aprovechado hasta el hueso. Y también un equipo aún a medio hacer, como la mayoría. Con la falta de público y la masa salarial en el cogote es difícil salir de ese área. Orellana es su hecho diferencial, un jugador que juega al escondite entre líneas y con un buen último pase. El partido no le dio demasiadas oportunidades, pero demostró finura en sus llegadas. Y tampoco fue fácil para Weissman, el goleador israelí que era un cañón en Austria. Cargó con toda la pólvora Hervías, un extremo obligado a jugar de lateral por las bajas.

Valverde y el apagón

El partido, en cualquier caso, no tuvo un solo sentido por ese mando suave, desapasionado, que ofrece este Madrid, sobrado de posesión y corto de remate.

Valverde abrió la primera brecha desde la banda derecha. De sus pulmones llegaron las dos primeras oportunidades de su equipo: un disparo cercano bien rechazado por un Roberto medio a contrapié y un pase con música a Jovic, que lo echó fuera, en carrera, con la izquierda. Tampoco ahí asomó su mejor virtud: la definición a un toque. Hace tiempo, desde que con la salida de Cristiano perdió el comodín del público, el Madrid está condenado a ganar casi todos los partidos a los puntos. El KO se ha vuelto casi una rareza.

Así que, y esto también es recurrente, al Madrid empezó a aburrirle el partido, a espaciar cada vez más sus llegadas, a darle aire a un rival estupendo en las estrecheces. Al equipo le falta juego al espacio, una agitación que descoloque al rival y un ritmo que lo agote.

Cerca del descanso Jovic tuvo la segunda, con peor ángulo y mayor oposición frontal. Mandó su remate al lateral de la red. El disparo interrumpió un largo periodo de fútbol sin gracia ni provecho. Un tiempo en el que el Valladolid se sintió confortado y amagó con tibieza en dos disparos.

Los cambios y el cambio

La reanudación dejó otro buen cabezazo de Jovic, un remate al palo de Casemiro en el rechace y dos ocasiones del Valladolid, una de ellas resuelta magníficamente por Courtois, otra vez con manos milagrosas, a tiro de Weissman. Zidane entendió que había que cambiar de registro: 4-3-3 con extremos, Asensio y Vinicius. Más Carvajal, otro de gran motor. La sacudida que necesitaba el Madrid, el alboroto que temía el Valladolid. La remodelación tuvo efecto inmediato. Un doble error de Bruno dejó a Vinicius frente a Roberto y el brasileño evidenció su mejoría en esas situaciones límite. Y de inmediato, la segunda gran parada de Courtois, a tiro de Carnero. No fue el fin del contencioso. El Valladolid entendió que ahí tenía una oportunidad y apretó lo suficiente como para ahogar la reacción del Madrid.

Así que hubo partido hasta el final, con un palo de Modric, varias llegadas pucelanas y la sensación general de que el campeón gana demasiados partidos al sprint.

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