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Dic 7, 2021

Milagro del Atleti, que goleó en Do Dragao y estará en octavos.

Griezmann, Correa y De Paul, goleadores. Carrasco y Wendell, expulsados.

Gol de penalti de Oliveira.

Ningún equipo escribe la heroica mejor que el del CholoGoool. De entre la lluvia final emergió ese grito, goool, para caer sobre O Dragao como una sentencia. Goool. Salía de la garganta de un futbolista de rodillas, con los puños al cielo. Goool. Era el minuto 90. Era el 0-2. El final de una contra lanzada por Griezmann y finalizada por Correa. Es el Atleti del Cholo. De vuelta en el momento justo, aquí y ahora, para abrazar los octavos de esta Champions como ese poema de Kliping: “Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan, adelante, adelante”. Y adelante sólo estaba el gol, los octavos.

Un Atlético que saltó con tres centrales aunque en su plantilla puro, y sano, sólo tuviera uno, pero le franqueaba por la derecha Vrsaljko, por la izquierda Kondogbia, con los carriles para Llorente y Carrasco. Un once inesperado donde el Cholo buscaba que sus futbolistas fuesen hombres, no nombres. El partido era para eso, la noche para ello. Salió con ritmo, anticipaciones, tratando de dejar atrás las sombras, el miedo. Conceição, mientras, curioso, tenía a todas sus dudas de corto, Grujic, Pepe y João Mario, con presión altísima, y alguna patada afilada, para rebajar el ímpetu rojiblanco. Se jugaban lo mismo, la vida, la Champions, también se les iba en estos 90′. Tenso, corría entumecido, sin terminar de soltarse.

Un mordisco en la pierna dejaba al Cholo sin Suárez, que se iba entre lágrimas, desolado, y Cunha ingresaba en el partido con el gesto de serio de quien va a la guerra. A ganarla. En ese momento, a la velocidad de un caballo al galope, aparecía Carrasco. A un rival le hizo un caño, a otro, una bicicleta y al tercero, lo que quiso. Pero Griezmann no llegó a su centro raso y Llorente, se abalanzó encima, para dispararlo fuera. El partido entraba en otro estado. Le subió el volumen la radio. Un goool que venía de San Siro. Del Milán. El corazón detenido. Al Oporto ya no le valía lo que sobre O Dragao ocurría. Comenzó otro partido. El Atleti encerrado. El Atleti, incapaz de poder salir de su área, se dispuso a hacer lo que tocaba: achicar balones, agua, embestidas, rezando a cinco metros de Oblak, fundido en lo de siempre últimamente, miedo en cada balón. Pero cuando más oscura se ponía la noche en Oporto, emergió una figura. Venía de verde, con sus guantes milagros. Era San Jan. Porque ayer Oblak sí fue Oblak. Vio venir la tormenta, se sopló los guantes y a parar. Sacó por bajo un tiro de Luis Díaz que traía el infierno mientras Llorente se lanzaba al suelo para que el rechace acabara en Taremi. Oblak en todas partes.

Pero es que el Atleti no carburaba, no respondía, fundido en su sala de máquinas. Lemar, Koke y De Paul superados, sobrepasados en físico y fútbol, lentos, incapaces de ganar un balón dividido. Para Conceição bailaba Vitinha, para el Cholo, tres sombras. Lo mejor que le pasaba se lo regalaba Klopp: gol de Salah. Todo volvía al principio. Con un gol, el Atleti estaba en los octavos. Grujic buscaba a Oblak por última vez antes del descanso con un balón a las manos.

El Oporto era el clasificado cuando el partido regresó, aunque el marcador siguiera 0-0. El Atleti tenía 45′ para cambiarlo. Suficiente. Aunque al inicio siguiera lento y sin acierto, los centrales atascados, sólo sujeto sobre los milagros en la punta de unos guantes. O las piernas. Porque Oblak la sacó para repeler un trallazo cruzado de Taremi y evitar el gol. En la jugada posterior, como tantas otras veces sucedía, un córner y hondeó una capa. Era de Griezmann para pintar la noche de resiliscencia, de cholismo, para volver a hacer futbol el nunca dejes de creer. Taremi peinó hacia atrás donde el francés esperaba conla zurda preparada para cortarle la cabeza al dragón. Gol, delirio, kilos de miedo exhalados. Cunha pudo ampliar la ventaja con una jugada a lo Ronaldo, se fue por potencia y la picó sobre el portero, pero Pepe salvó sobre la cal. El Oporto abría la mano y se le había ido la Champions. Enmarulló el partido. que se llenó de broncas. La mecha la encendió Otávio al pisar a Carrasco que respondió desmesurado, roja. Pero ahí estaba Diego Cunha Costa para equilibrar y sacar de Wendell un manotazo similar. Roja. Partido equilibrado. De nuevo diez contra diez. Y quince minutos consumidos, en un reloj que corría para el Atleti.

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El Oporto se lanzó acelerado sobre lo que tuvo y se le había escapado. Conceição introducía cuatro cambios, frescura. Simeone sentaba a un Cunha que era el mejor para introducir a Lodi. Hombres en el área donde había una escoba, Kondogbia, que barría cada balón, Correa buscaba una contra, como esa que le lanzó Griezmann para sellar los octavos, aunque el partido no terminara ahí sino con un gol de De Paul que lo redondeó, para que no importara qué dijera la radio desde San Siro, para dejar en nada el último golpe del Oporto en esta Champions, ese penalti que Hermoso hacía y Evanilson marcaba. Ya sabe igual. Entre la lluvia fina había emergido ya ese grito antes, goool, abrazado a los octavos. Y que siga esa música. The Champiooons. Para el Atleti.

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