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Oct 28, 2021

Dos penaltis transformados por Bardhi neutralizan las dos ventajas que tuvo el equipo del Cholo con los goles de Griezmann y Cunha.

Cuando Simeone pisó el Ciutat se hizo lunes. Lunes cerrado, lunes de invierno, de atascoL-u-n-e-s. Cada sílaba cayendo a plomo. Daba igual qué dijera la realidad de calendario incontestable, jueves 29 de octubre, que no iba a valer, otra vez vez más. Nada más asomar el Cholo por el campo del Levante se le hizo lunes este jueves otra vez en Valencia, aunque durante unos minutos Simeone pensara que no.

Le recibía un Levante distorsionado por las bajas. Pereira obligado al sudoku, con ocho cambios con respecto al último once.

Asomó el Atleti con gesto serio y ambición de gobernar. Un Atleti en el que Herrera, titular, le alzaba el mentón. Salió con personalidad y jerarquía, con la ambición de triturar esa maldición esgrimiendo tridente. Antes de los diez avisaba João, con un disparo con varita que obligó a Aitor a sacar los puños. A los doce, Griezmann, le obligaría a recoger el balón de su red.

Porque el Atleti mandaba y mandaba, con un dominio apabullante que se precipitaba sobre los hombres de Pereira, escondidos en la cueva y con un plan leído en los viejos libros cholistas: encerrados atrás, un error y a la contra. Así se plantaron Morales y Duarte ante Oblak para saludarle en el partido, sin más daño que ese, un tibio saludo sin peligro alguno. Sobre sus cabezas ya estaba ese número, 0-1, que espantaba el aire de lunes al partido. La jugada comenzaría y terminaría en Griezmann en el 12’.

El francés sacaría ese córner que pasó por el pie de Carrasco y la cabeza de Felipe antes de regresar a su testa. La defensa granota sólo mirando, como si sólo con los ojos se pudiese defender. Giro de cuello y zas. Pelota en la red.

 Y Simeone respirando jueves en el Ciutat. Pero esta maldición es un monstruo de varias cabezas.

Dio el Atleti un paso atrás después del gol. Pereira lo olió, que João y Griezmann habían dejado de llover en cada brizna del último tercio de campo, y empujó a los suyos fuera. La tercera vez que el Levante se plantó ante Oblak, el portero ya estaba desnudo. Todo en el Atleti fue un despropósito.

Córner a favor que Trippier saca horrible. Contra. Despeje hacia atrás de Herrera horrible para que todo acabe con Suárez cayendo sobre Vezo. Penalti. Bardhi lo marcó. Otro partido. El jueves menos jueves.

La foto del partido tras la caseta pareció la del primer tiempo. João Félix empujaba a su equipo sobre Aitor ajustándose la chistera. Pero en realiad tenía siete diferencias. Controlaban los rojiblancos, sí, pero cada vez desde más lejos, con menos amenaza.

Mientras, el Levante sólo necesitaba dos toques para plantarse en una contra ante Oblak, con las botas lanzando dentelladas. Al centro del campo del Atleti le faltaba gente. Allá donde miraras sólo veías granota.

Pedía el partido a De Paul, su físico, su llegada al área contraria, y De Paul entraba en el 58’ junto a Correa. Suárez se iría al banquillo comiéndose la camiseta. El Atleti hacía ya rato que había bajado el mentón, incómodo en el partido, sin velocidad, las piernas entumecidas, sin querer pensar pero pensando en eso, ese lunes que siempre les alcanza en el Ciutat.

Acribillado João a faltas, frito el Atleti a amarillas. Los minutos seguían pasando. Sin tiros a puerta, sin soluciones. Hasta que salió Cunha cargado de ajos.

Con cuatro minutos le bastó para cortarle todas las cabezas a la maldición. Sólo tuvo que rematar ese pase filtrado de De Paul para que todos sus compañeros cayeran sobre su cabeza con una lluvia de collejas celebrando el gol.

Asomaba el final con ese final cuando el VARarbitro entraba en el partido ululando. Porque si el Atleti pensó que era para revisar una posible mano en el área del Levante, no, era por una de Lodi en la jugada anterior.

El árbitro no la había visto, ningún granota la pidió, pero tras pasar por la pantalla, ahí estaba Bardhi otra vez, ante Oblak, para susurrarle al Atleti que otro partido más no escaparía a la maldición del Ciutat. Simeone, desde el palco, chasqueaba los labios, mirando el calendario, leyendo jueves y sientiéndose lunes. Hacía un rato ya, por cierto, que una roja se lo había llevado lejos de su banco.

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