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Ene 2, 2022

Un doblete del argentino corta la mala racha del Atleti que recupera la cuarta plaza.

Ovación a Falcao.

Suárez y Giménez no estarán en Vilarreal.

En el año nuevo, LaLiga nueva. Esa que tanto necesitaba el Atleti, y el Metropolitano, tras cuatro derrotas seguidas que ahogaban, una victoria agarrado a lo viejo, a lo que nunca falla. El fútbol potrero de Correa, la clase del Carrasco que regresó de China, sin desconexiones raras atrás, sin agujeros en los guantes de Oblak al primer disparo, con los gritos del Cholo colándose por el sonido de la televisión como si fuese un comentarista más. “Dale Correa, daleee”. En un partido condicionado, como tantos otros este 2 de enero, por el COVID, pudo sentarse el técnico en el banquillo (“resuelto su caso de infección”). Iraola, mientras, alineaba a sus futbolistas con más entrenamientos. Por eso en la portería estaba Luca Zidane y no Dimitrievski, por eso Trejo y Álvaro estaban en el banquillo. Si pretendía que las bajas no le cambiaran ni el estilo ni la filosofía, juego directo, bandas, no le salió para nada. Enfrente el Atleti iniciaba el año nuevo con muchas heridas, cuatro derrotas, bajas vitales (Koke, Griezmann, João) y abrazado fuerte a aquello que hubo una vez no fallaba, el 4-4-2, un Atleti menos brillante pero más rocoso.

Los nervios del campo (que ovacionó a Falcao, en el banquillo, desde que su nombre se escuchó por primera vez en los altavoces) eran todo piel de cerilla en el banquillo del Cholo que a los seis minutos veía la primera amarilla del partido ante sus ojos: era para él, por su protesta exagerada ante una entrada de Balliu sobre Lemar sin castigo. Piel de cerilla. A lomos de Carrasco, puñal en la derecha, fue arrancándose la presión alta del Rayo y volcando el campo hacia la portería de Luca Zidane. Nada pasaba en las áreas, salvo un error en la salida de Luca Zidane que casi regala una pelota franca a Suárez. Desbarató Unai López antes de que el uruguayo le quitara el lazo al obsequio. Iraola echaba terriblemente de menos en las bandas a Álvaro y Trejo, porque Isi estaba, pero como si no. El Atlético dominaba pero no creaba, no encontraba caminos a sus delanteros. Suárez fallaba otra de esas que nunca solía fallar, solo, mano a mano ante Luca Zidane, después de otro regalo del Rayo en la salida. Pero pateó la pelota fuera. Su crisis en el gol (uno en 12 partidos) es la crisis del Cholo. O no. Porque cuando la tarde se ponía difícil, el runrún, las cuatro derrotas en la garganta, ahí apareció su particular Señor Lobo: “Soy Ángel Correa, soluciono problemas”.

El otro delantero de LaLiga pasada le chistó a De Paul y Carrasco y entre los tres cambiaron la tarde. La jugada la inventó De Paul, inicio de todo, impecable. Parecía encerrado pero no, no lo estaba. Con brega y calidad escondió la pelota para habilitar a un Carrasco que gambeteó en una brizna en la línea de fondo, con un pase atrás y quiebro de tacón buscando rematador. El final fue Correa que, todo calle, aprovechó el barullo y le robó la pelota a Comesaña en el suelo para enviarla a la red. 1-0. El Rayo se desvaneció. Estático, lejos del robo, errático con la pelota y en zonas comprometidas. Oblak hubiera podido estar y no. Giménez hubiese podido volver y no. Trippier hubiera podido estar volando ya a Inglaterra. Atrás el Atleti vivía una tarde como de esas que ya no recordaba. Sin trabajo, plácida.

La segunda parte comenzó con Isi en la ducha y Andrés en el campo. Iraola, sin el abrigo con el que había comenzado, mandaba a sus futbolistas dar tres pasos adelante, por eso de comparecer. Pero Correa seguía a lo suyo. Porque la falta de Griezmann le devolvía a su sitio, perdido, quizá, injustamente. Y tampoco estaba João, por COVID. Y Correa que no se queja asume, pero con él el Atleti no sólo fue campeón de Liga, fluye. Para frenar esos pasos adelante del Rayo ahora se asoció con un Lodi en modo lateral brasileño. Asistencia y gol.

Fue entonces cuando Iraolla se decidió a dar entrada a Bebé y Trejo. Y Oblak y su defensa comenzaron a salir al final de las jugadas. Pero Simeone respondió. Si su equipo había regresado, momentáneo, al 5-3-3, los pasos atrás le devolvieron al 4-4-2. Carrasco estampaba un balón en la madera antes de que Suárez se fuera apesadumbrado, pelea sin premio, entrara Cunha y se deshiciera el Metropolitano. Una leyenda se quitaba el chándal en la banda, Falcao salía para el Rayo y la afición rojiblanca mostraba la mejor de las placas: su cariño, su aplauso infinito. No hubo zarpazo. El partido siguió plácido, con Kondogbia descomunal en su puesto, y Simeone desgañitado en la tele pero con la sonrisa recuperada. Como el Metropolitano.

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