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Oct 2, 2021

Los tantos del uruguayo y de Lemar en la primera parte hunden aun más al conjunto de Koeman.

Gran partido de João Félix.

El Barça apenas generó peligro.

Puede que el de ayer no fuera su último partido, pero si el Barça sigue así, ni la falta de dinero y sustituto, podrán detener la muerte del Barça de Koeman. Lo que el entrenador no imaginó, cuando hace poco más de un año levantó ese teléfono, es que, quizá, uno de sus últimos tiros se lo descerrajaría aquel a quien llamaba. Para su Barça (el de Bartomeu) ya no valía. Sus botas, decía, ya estaban viejas, gastadas, amortizadas. Esas, las mismas, que ayer, cuando asomaba el descanso en el Metropolitano firmaban en sangre y pólvora el que, apuntaba, a epitafio de Koeman (aunque Laporta a mediodía lo defendía, lo respaldaba). El 2-0 del Atleti. Podrían decirle karma. Pero se llama Luis Suárez. Es lo que hay.

No le había curado aún la profunda herida en Lisboa y ahí tenía ya esas dos balas el holandés, obligado a mirar desde el palco (por sanción) su obra. Un Barça que juega rodeado de dudas, nervios y tufo a crisantemos. Y eso que saltó al partido pintado al gusto del presidente, con 4-2-3-1, en el Wanda Metropolitano. Barça en tono Levante, sin experimentos. Con velocidad, posesión y jóvenes como Gavi, ayer a la izquierda, corriendo al futuro para desvanecer el negro presente. Pero, si comenzó como sabe, como se reconoce, secta del balón, el Barça no era profundo. Y mascar, mascar y marcar sin profundidad ni ocasiones ni disparos a puerta sólo deja el juego como chicle sin sabor. Y todo esto estaba en los planes del Cholo. Dejarles la posesión y matarles a la contra, a picotazos. Los llevaban todos en las botas João Félix y Lemar.

Su titularidad, la de ambos, junto a Suárez, fue la idea inicial del Cholo. El Atlético lastimó con facilidad la inocencia culé. João y Lemar convirtieron la hierba del Metropolitano en un laberinto de espejos en el que introducir a Araujo, Piqué y Mingueza y transformarlos en conos. Los dos fichajes más caros de la historia del Atleti, al fin, funcionando. Después de tantas dudas, de tantos pitos, de tantos grises. En el día en el que el Metropolitano se llenaba de nuevo, que rugía con todas sus gargantas, las 68.000, año y medio después. Ambos tienen la cabeza rápida y el pie del artista. Su partido fue una clase magistral de cómo asociarse y buscar espacios. Entre los dos apretaron aún más la mortaja de Koeman.

Antes que Suárez, al Barça lo había enviado a la lona Lemar. Ese futbolista con el que, Simeone, en este año y medio del público lejos, hizo lo de Lázaro: «Levántate y anda». Lo que antes eran sólo silbidos, ayer fue todo aplauso cuando corría a la grada con el escudo latiendo en la mano y el goool en la boca. Había intervenido Lucho, claro, que ya había olido la sangre. Cómo Araújo y Piqué temblaban cada vez que se acercaba João Félix, con esos controles que parecían regates. La jugada nació en el portugués, impecable conducción, Suárez se la pidió con un abrir de brazos para ponerle el balón de primeras a Lemar, ejecutor.

Se revolvió el Barça. Lo intentó por dos veces. Primero con un disparo desde la frontal de Coutinho que se fue fuera milímetros. Después con un centro al segundo palo al que De Jong no llegó, también por milímetros. El Barça se iba fundiendo en la noche, en su irremediable destino hacia la nada, entre el negro que acompaña todo esta temporada. Sólo Gavi jugaba, parecía, pero estaba demasiado solo. Apagada toda su electricidad de inicio por Lemar, estallada por ese gol al descanso. El descerrajado por Suárez, que, mientras pedía perdón, quién sabe qué rugiría en su cabeza. Aquella llamada.

Nada cambiaría con la segunda parte: esa triste foto de un Barça herido, tan lejos de otros. Porque si se apretó atrás, delante sólo tuvo una ocasión de Coutinho ante la que Oblak alzó sus guantes con el semáro en rojo. Lo buscaron los de Koeman a balón parado, con Ansu Fati, pero parecen haberse olvidado de cuales son los caminos que llegan al gol, plano arriba, sin desmarques, sin rupturas, sin ideas. El Atleti resistió y aguantó. El partido lo había ganado en los primeros 45 minutos. La firma de un epitafio, de un final. El de Koeman, quizá, sólo Laporta sabe. La venganza de Suárez. Poco más de un año de que fuera al revés.

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