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Dic 5, 2021

El Atlético pierde ante el Mallorca y el segundo puesto en la clasificación. Cunha adelantó a los rojiblancos, Russo empató y Kubo culminó la remontada.

No había llegado el minuto al nueve y Simeone no podía comenzar diciembre con peor pie: Savic caía al césped, mano atrás, pidiendo el cambio. Era un presagio. Su mejor defensa fuera. En esta tarde fría y, peor, en las más inmediatas. Oporto, Madrid, Sevilla, problemas. En el banquillo del Cholo, su único central sano, Hermoso, se arrancaba el chándal y salía, en frío, a un partido que tuvo a Cunha de protagonista hasta el ‘Kubo’ de agua fría.

Salían los rojiblancos en su versión más clásica, un 4-4-2 con lo que el Cholo tenía, sin Carrasco, sin Giménez, con descanso para Suárez y Lemar, con Kondogbia junto a Koke en el pivote. De Paul y Correa eran los interiores y, por delante, esa pareja inédita: Griezmann y Cunha. Uno (Griezmann) se movía con libertad abriendo el campo. El otro (Cunha) asomó al partido como una exhalación en su primera titularidad. Esa ganada rato a rato, con goles, hambre y ese aire Costa pero en fino. “Con ustedes, Mattheus Cunha”, gritaba en cada acción.

Era su primera titularidad y la celebraba con un catálogo de hambre, fuerza y ganas. Recibía de espaldas, se giraba, conectaba entre líneas y abría espacios para desesperación de Luis García que, en veinte minutos, vio a sus futbolistas incapaces de rebañar o jugar un balón.

No pareció acusar el Atleti la falta de un hombre tan importante como Savic. De inicio. Seguía llenando los minutos. Con saques de esquina, ocasiones de un Lodi al ataque, con un intento de tijera de Correa en el área chica. Pero fue dando pasos hacia atrás, de manera inconsciente, quizá, y de pronto la noche se precipitó sobre la portería de Oblak. Fue de repente, además.

Esa noche que trajo la oscuridad, todos los miedos y dudas. Una jugada de Dani Rodríguez hizo el camino. Caracoleó y filtró un pase hacia Abdón entre los centrales que nadie supo parar. Su disparo, lejano pero potente y ajustado, abrió otra senda.

Y por ella irían desfilando los futbolistas de Luis García Plaza hacia el nuevo mundo. Un nuevo mundo en el que el Atleti desaparecía, en el que Lodi mostraba todas sus costuras atrás, en el que el Mallorca vivía a los pies de Oblak. Y temblando cada vez que Kang-In cogía una pelota.

Con la derecha, con la zurda, siempre buscando red de Oblak. Una la paró el portero, magistral, con mano de balonmano. La otra se fue alta, a un palmo de su escuadra, silbando como una bala. La noche había sido tan de repente que trajo consigo pitos. Tímidos, pero cada vez más crecientes, a medida que llegaba el descanso y del Atleti sólo quedaban dos trazos. La mano de Oblak, ese comienzo de Cunha. Lo demás, nada. Otra vez descompuesto entre sus propios miedos, otra primera parte 0-0 como nuevo clásico. Son ya 13 esta temporada.

Segunda parte calcada. Y el «Kubo «

Calcaron los rojiblancos el inicio de la primera parte en el inicio de la segunda. Empujando al Mallorca en su área. Mostrándole los incisivos córner a córner, centro lateral a centro lateral. A la hora, el doble cambio del Cholo: De Paul y Griezmann fuera, João Félix, de regreso, y Lemar, dentro.

Nada más pisar la hierba el francés, le envió una pelota a Cunha para que repitiera lo del principio: control, remate con el interior y pelota fuera por centímetros. El partido se jugaba sólo en una dirección. Esa que mostraban los zapatos de Cunha. En sus botas estaría el gol, casi por sorpresa, entre un barullo que siguió a un doble recorte y pase de Correa. El brasileño lanzó la punta de la bota, desde el suelo, a embocarlo.

La pelota rebotó en el suelo y volvió para que pateara otra vez, la definitiva, esa que Reina no atinó a despejar y cuando lo hizo Russo, desde dentro de la portería, la pelota ya había rebasado la línea de cal.

Los cambios de Luis García llegaban justo después. Mientras Simeone daba órdenes, de Oblak a Lemar, para que contuviera a Maffeo, sus incorporaciones mataban, en el Mallorca entraban Kubo, Ángel y Battaglia y la noche volvía a presentarse, de repente y por sorpresa, en la fiesta de Cunha. Ahora sería definitiva.

Kang-In alzaba la mano para ser el faro que llevara a sus compañeros por la senda de la primera parte: se pidió ese libro directo que voló como teledirigido a la cabeza de Russo entre seis rojiblancos. Saltó como un coloso sobre Hermoso, inapelable, para agujerear el traje de Oblak. Un Oblak al que pilló corriendo hacia atrás, un Oblak que pareció quedarse a la mitad, mostrando, de nuevo, su perfil más humano. Lleno de grietas.

Como el antaño férreo unocerismo del Cholo. Ya no existe, se fue, no se sabe dónde.

Como el aire impenetrable del Metropolitano. Hoy todos los rivales se cuelan. Incluso ese Mallorca que sólo necesitó un puñado de minutos.

Y esa contra de Kubo que corría por su particular derbi y que batió de nuevo a Oblak, tan frágil, tan intrascendente.

Sólo demostró fuerza en los guantes para golpear la hierba con impotencia tras el gol de Kubo, el 1-2. No cambiaría el final, por mucho que corriera a patear ese córner que João enviaba alto, a la noche que se cierne sobre los rojiblancos antes del viaje definitivo a Portugal, entre tanta duda y sombra.

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