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Nov 5, 2021

El equipo amarillo no había ganado nunca en el estadio bilbaíno y en dos temporadas consecutivas ha dado un par de zarpazos que le reaniman. Sale de descenso.

El Athletic es el buen samaritano con los equipos humildes. Se fue a la lona contra el Rayo, un equipo emergente, y repitió escenario ante el Cádiz, que llegaba en caída libre. Los amarillos van a pedir el empadronamiento en San Mamés. No habían ganado en su intensa historia y en dos años seguidos, seis puntitos que son oro puro. Los leones, incapaces desde el minuto uno al 90, pierden fuelle y el globo vuelve a desinflarse y escapar por los cielos de la preocupación. El rival les maniató. Se puso por delante y esa experiencia, solo una vez vivida al calor de su gente, le sienta fatal al grupo rojiblanco. Sin Vencedor, el que lleva el volante, la nave va derecha a la cuneta. Y solo Zarraga, también ausente,le puede suplir. Perdió el norte el grupo de Marcelino, el control de la situación, y entró en un bucle de ansiedad que le paralizó. El mal endémico del gol (esta vez ni en casa, donde siempre había marcado) sigue ahí, pero en esta ocasión preocuparon más las escasísimas ocasiones que se generaron. Nada de fluidez y solo unas llegaditas tímidas. El peor partido del año con diferencia.

El 0-1 fue un premio a la salida decidida, vertical y con ambición del Cádiz. Este bordó dos objetivos: una primera parte buena y una segunda que le convenía, a enfriar el juego. Tuvo una puesta en escena imprevista. En el minuto seis, con el personal aún sacudiendo su paraguas tras recibir la incesante lluvia, Salvi Sánchez recogió un balón extraviado por Lozano por la zona derecha y, sin ángulo, lanzó un disparo que rozó en Lekue y cambió de trayectoria. Extrañaba la posición de este. El roce despistó a Unai Simón. El cuero pegó después en el tobillo del propio meta y se coló en la red.

El Athletic salió con una caraja tremenda, tal vez sorprendido por un rival tan agresivo. Núñez y Yeray, viejos camaradas de la cueva defensiva, estaban incómodos, trataban de salir a la aventura y perdían posesiones que generaban enorme peligro andaluz. El partido era muy abierto y trepidante, no entendía de pausas. El Cádiz lo tenía depositado donde quería: marcar y estar ordenado atrás. Pero dejaba más espacios de los que su rival esperaba. Así que, a poco que se pusieron, los leones gozaban de ocasiones. Por ejemplo, Sancet, que se giró en una zona intermedia por el medio pero le faltó determinación para chutar con la izquierda. Cuando se la cambió a la diestra ya tenía a los ‘tiburones’ encima. Si el canterano pierde la espontaneidad y se pone a hacer cábalas en el verde, se hace intrascendente. Estaba muy ansioso con el primer toque, al recibir. Eso sí, en cuestiones como estas veía un filón el equipo de Marcelino: acciones en tres cuartos que generasen ventajas y desajustes.

El técnico asturiano manejaba un equipo irreconocible, con errores garrafales y nula velocidad en ataque. Todo era previsible. Por el contrario, Jonsson sostuvo todo el entramado cadista. Aguantaba, se perfilaba, mandaba a sus compadres a la guerra y volvía con enorme velocidad cuando se trataba de plegar velas. Todas sus dudas se canjeaban por certezas en el bando visitante. Núñez, por ejemplo, extravió de nuevo la brújula y le robó la cartera Perea en el minuto 32. Este recibió el presente, se desenvolvió por la frontal y su disparo se lo atajó abajo Simón. La tuvo para el 0-2. También un cabezazo de Lozano poco después que volvió a hacer trabajar al meta internacional. Todo esto empezó a inquietar a la grada. Al equipo bilbaíno no porque ya venía siendo un flan desde minutos atrás. Cuando los leones perdían el balón se quedan meditando el fallo y se desactivaban. Les faltaba velocidad y determinación. Muniain se echó al monte y lo intentó por dentro, pero esa tecla tampoco sonaba afinada.

Salvi, Choco Lozano y Perea se movían a placer con espacios, mientras que a Balenziaga le faltaba altura de miras para tener peligro por la izquierda, mientras que Álex Fernández era una máquina de recuperar balones, la especialidad de un Dani García que bastante tenía con rescatarse a sí mismo. Lo único bueno del Athletic al descanso es que no se llevaba a vestuarios un 0-2 en la mochila. Un poco antes se pidió penalti por un derribo a Sancet. Tenía vida.

Entró Nico Williams por un desdibujado Berenguer para afilar un poco el colmillo ofensivo, pero el equipo seguía plano, con Vesga y Dani García a la misma altura, a veces hasta pisándose el terreno con Muniain, sin distribuir los espacios para estirar el juego y tener presencia en la frontal del área. Por ello, García Toral cambió el discurso. Sacó a Raúl García para hacer de pareja de baile con Iñaki Williams y descolgó a Sancet como ‘ocho’, para hacer un rombo en medio campo. Así ganaba creación, aunque arriesgaba en defensa. Un chispazo de Nico Williams encendió a la grada con un chispazo y metió más al equipo en faena. Emocionalmente el encuentro parecía iniciar un viraje.

A falta de peligro desde el juego combinativo, el Athletic se puso en brazos de la estrategia. En el 68 tuvo un remate de cabeza Núñez en un córner, pero el balón se fue a manos de Ledesma. El balón parado como solución de emergencia porque el delantero titular no hizo algo parecido a un remate hasta el minuto 76. El Cádiz puso el encuentro en el congelador entre cambios de jugadores e interrupciones. Fali salió a sujetar el medio campo y Cervera dejó a Sobrino como único punta, con orden a Jonsson para que le echase una mano. Serrano levaba la fiesta de los canteranos en los rojiblancos. Y suyo fue el mejor disparo, en el 78, aunque la despejó el portero con el pie. El Athletic se quedaba a media cocción, sin generar por dentro, a la espera de un chispazo de los Nicos. Pero Espino tiene mucha escuela. El y su Cádiz. San Mamés les protege

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