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” Valsequillo ” El embrujo del Perro Maldito ”  Con la presencian de Unas Cinco Mil Personas Aproximadamente “

La Suelta del Perro Maldito de Valsequillo celebró su 32a edición con una representación llena de fantasía, donde los brujos, las hechiceras y la muerte fueron protagonistas. En esta ocasión, la Asociación Cultural Amigos de la Suelta del Perro Maldito se encargó de crear un vestuario y un maquillaje especialmente realistas, para garantizar más de un susto y alguna que otra pesadilla. Cerca de 200 personas fueron las encargadas de dar vida a una antigua creencia, según la cual el 28 de septiembre el perro que sostiene San Miguel Arcángel se libera de sus cadenas para recorrer las calles del pueblo.

Sonaron las doce en el campanario de la iglesia de San Miguel y el casco de Valsequillo de Gran Canaria se tornó oscuridad, transformándose en un tenebroso averno del que retumbaban aullidos y escalofriantes sonidos que se expandían en todas direcciones. Entremezclándose con los primeros gritos de unas Cinco mil personas aproximadamente  que, un año más, abarrotaron este tranquilo municipio de las medianías convertido en un entorno infernal para esta noche en la que el bien y el mal debían combatir sin hipocresías.

De pronto, sobre el escenario, en la plaza de la misma iglesia, apareció un malvado brujo trajinando con humeantes calderos que contenían una especie de elixir de amor para atraer hasta sus brazos a su amada: la muerte. Entre maléficas carcajadas y enigmáticos e imposibles gestos con el rostro, el hechicero confesó que llevaba mucho tiempo cortejándola y ofreciéndole todo tipo de sacrificios. Sin embargo, tan caprichosa ella, nunca los había tomado en consideración. Y ahora el mago había logrado descifrar las claves para controlar el poder absoluto con el que satisfacer los deseos de su amor e invocó a una encantadora que surgió de entre el gentío que ansiaba conocer el resultado del conjuro.

La encantadora se abrió camino entre la multitud atónita, acompañada de un séquito de niños como almas inocentes parte del ritual y moneda de pago para solicitar la presencia del maligno. Tras una acalorada discusión con el brujo, ella determinó que no se mancharía las manos de sangre y que debía de ser él quien robara sus almas, misión que aceptó encantado pues así sentiría más cerca las caricias de su amada.

Fue entonces cuando el mal se adentró en el pueblo. Con un aspecto temible, el Perro Maldito, encarnado por Franco Ortiz, apareció en la calle Juan Carlos I, a espaldas del público. Ataviado de negro y dorado, con unos prominentes cuernos, el Perro Maldito exaltó al público. Subido en un trono y rodeado de sus secuaces, el can atravesó con firmeza el todavía consternado gentío para dirigirse cara a cara al brujo, quien le exigía que exterminara cualquier muestra de vida en el planeta, especialmente la humanidad, esa sería la ofrenda a su amada.

El Perro Maldito, con tono burlón, le negó ese deseo. Envuelto en decepción, el hechicero pereció a manos del diablo, encontrándose entonces con su amada, la muerte. El diablo mostró entonces interés por la encantadora. Por ello, le ofreció aceptar una proposición indecente o seguir los pasos del brujo; ella, planteándole cara al mismísimo diablo, le gritó “yo soy dueña de mi suerte, puedo elegir mi destino”. Un grito que empoderó a la mujer y reforzó el mensaje de ‘no es no’, porque no se doblegó ni ante el demonio.

Acto seguido, el Perro Maldito se dirigió al público y pidió que hablaran aquellos que habían llevado una vida recta, los inocentes, quienes no han pecado. Ante el silencio de la muchedumbre, el diablo anunció que era “la muerte viva, la guadaña” y que “la hora del juicio final ha llegado, no quedará uno solo en pie, no podrán escapar de mí”. En ese momento un centenar de demonios, secuaces del Perro Maldito, se entremezcló con el público, volviendo los gritos y los sobresaltos a un lado y otro.

Finalmente, el Perro Maldito consideró que las almas de los presentes no merecían absolutamente nada “ni siquiera el abrazo de la muerte” y decidió realizar “la buena obra del año” perdonándoles la vida. Tras anunciar que “les cortaré las alas para que sean presos de esta vida inmunda, porque la muerte sería un alivio” para una vida plagada de pecados.

El Perro, como es habitual, terminó la función con una crítica social. En esta ocasión incitó a la concurrencia a “seguir aplaudiendo a unos borregos corriendo detrás de una pelota, mientras hay inmigrantes a la deriva” y a seguir sembrando el pánico en otros países, pues “no hay nada que me guste más que sean capaces de infundir miedo y terror a los más débiles”.

Por último, el demonio alentó a todos los presentes a “seguir viviendo a través de la pantalla de sus teléfonos”, actitudes, aseguró, con las que “seguiré haciéndome más fuerte” y que agradeció, pues son la alegría de su vida.

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